domingo, 17 de agosto de 2014

Felix in Exile - William Kentridge

                                                     


PAISAJES AL CARBÓN CON WILLIAM KENTRIDGE

Juan Manuel Roca

Ubú Rey, gran monarca de las ciudades sin mapa y de la autofagia del tiempo, sacerdote del poder y su bulimia, terminará por devorarse a sí mismo. Una gavilla de sombras arroja grandes cubos de noche sobre las aguas del río. ¡Atención! La guerra, que riega con vitriolo sus jardines de escombros, desaloja las huellas de los sueños postergados. La muerte, vestida de enfermera, reparte palabras ciegas en la fila de los fantasmas. Escarbando piedra a piedra entre las ruinas, Kentridge podrá encontrar una sonrisa aplastada como una flor en un mar de aguas residuales. Una legión de nadies acude al llamado de un flautista especialista en roedores que toca adioses en un tinglado callejero. Los niños tararean una vieja tonada infantil con dolor y pena, al paso de ganso de sus padres que marchan con rumbo seguro hacia el abismo. Mister Kentridge puede econtrar en el basural del mundo una máquina de hacer vacíos, la partitura de una sinfonía para taladro y olvido, barrotes destrozados de una cárcel de Piranesi, una cinta con un discurso interminable que afirma que el tiempo es oro, aunque embosquemos la feroz avanzada de una brigada de relojes. Mister Kentridge dibuja  los fotogramas del miedo. Ubú va de compras entre explosiones al mercado del odio donde puede hacerse al último modelo de un cepo de torturas. Kentridge hace señas con su mano en un muro, traza en el aire sombras chinescas con bisontes heridos, alucinadas cafeteras, barcos de uranio y bicicletas de hielo no aconsejables para correr en las pístas del verano. Soy mi propio perro sumiso, murmura entre dientes un soldado, soy mi propio puñal en mi espalda, pues hasta un general no ignora que amar la guerra es odiarse a sí mismo. Soy mi propio perro de presa, murmura un combatiente, soy el perro rastreador de mis precarios huesos. Cuando Kentridge ve pasar las banderas del miedo y su dolor acuartelado, cuando cruza por su almohada la historia clínica del mundo, es como si nos quitara un negro  esparadrapo de la boca.

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Ver, además, entrevista al artista, tomada de la revista Dinners:


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