sábado, 8 de octubre de 2016

Nuevas voces de la poesía hispanoamericana / VIII Jornadas Universitarias de Poesía Ciudad de Bogotá 2016





Hace algunos días la Revista Ulrika y la Universidad Jorge Tadeo Lozano, decidieron convocar las VIII Jornadas Universitarias de Poesía Ciudad de Bogotá, con el ánimo de “dilucidar cuáles son las nuevas voces para la poesía iberoamerica, es decir, las de los poetas nacidos a partir de 1971, conscientes de que ya se han realizado estimables antologías de generaciones anteriores y que ya se ha avanzado en el establecimiento de un canon para ellas”, según la editorial de la Revista Ulrika 56.
En este encuentro tuve la oportunidad de conocer algunas voces interesantes que representan, en menor y mayor grado, inquietudes y circunstancias generacionales que toman cuerpo en poéticas tan distintas como las de España y nuestros países latinoamericanos. Aquí una pequeña muestra:

Lucila Lema (Comunidad Kichwa, Ecuador, 1974)

Sueño
Ahora que no están los abuelos, quién se supone que soy yo. Mujer nacida en la primera luz, ser con cuerpo de humo, que es un instante y el otro es nada. Una parte de la arcilla que ellos dejaron y no se hizo polvo. Hembra con caderas de montaña que enamora al viento. Sueño cubierto de collares amarillos y anacos de dos colores. Nieta pretendiendo aprender de los muertos, de los silbos de las aves, de los gritos de los animales que están muriendo igual que yo.
O soy mi propio sueño, que ha vuelto a vivir otra noche más, repitiéndome a mí misma: la agonía ya se fue. He vuelto, hemos vuelto a vivir como gota de agua que baña desde lo alto.

Laura Casielles (Asturias, España, 1986)

Geografía política
Los doctores llevan siglos equivocándose:
el corazón se sitúa más bien a la derecha,
tiende siempre a posturas conservadoras.
No sé por qué,
pero he visto más de mil ejemplos,
lleva a la gente a decir casa, mío, patria.

El corazón
no tiene sitio fijo pero tiende,
ya digo,
a la derecha.
No importa lo que pienses.
Él cree en la propiedad y llora por celos,
busca estabilidad,
lo olvida todo
por una certeza falsa de calor;
defiende el país, la familia,
y en cuanto te descuidas
se lanza a veleidades con anillos.

Y ahí nosotros, siempre en lucha
por demostrar que sigue estando,
como afirman los latidos,
a la izquierda.

Milenka Torrico (Cochabamba, Bolivia, 1987)


El jet set del 87

decoro
lo que pueda verse herido
bajo las luces

Gladys González

El jet set eleva la barbilla huyendo de lo vulgar, ni sus
pupilas ni su voz tocan lo que no merece, se impacienta
ante los ancianos, los down, los mendigos, los tontos, los
que lloran, los que se besan
conoce el dolor y sólo aprieta los dientes, no se duele de
quien gime y se inclina, camina sobre tacones blandiendo
la punta de la nariz contra la violencia del viento

se complace en la palabra no, en la palabra nunca, se goza
en la sensación de vacío, no muere de hambre o de amor

no tiene madre, no tiene muertos, no tiene hijos que
lleven el primer nombre de su padre, no tiene hijas a
quienes perfumar y peinar los cabellos.

Son niñas que amaban las paredes, las tijeras, el espacio
debajo de la cama, son locas cortopunzantes

no tiemblan de frío  o de miedo, no necesitan luz, dueñas
de sí y del resto, se desbordan en el odio y saben de tortura
y desaparición

no tienen piernas para huir, brazos para asirse ni boca para
gritar, ellas no temen, no caen, no piden auxilio.

Las chicas del jet set mueren a los 40, sin cortes, sin
moretones, sin proyectiles, víctimas de la asfixia de su
propio ego.


Tamym Maulén (Santiago de Chile, 1985)


No hay que escribir palabras
No hay que escribir palabras
Abrazos puños sonrisas y golpes
Cachetadas flores llantos moretones
No palabras nunca palabras
¡No hay que escribir palabras!
Hay que pintar grafitis feos
en el muro más bello del barrio.           
Si verdaderamente son palabras las palabras
Tienen que hacerle ¡paf! Al corazón
¡Pum! al rostro ¡splash! al egoísmo
La poesía es todo menos yo
La poesía es todo menos shhhhh
Silencio, no hay que escribir palabras
¡Crash! Explosiones y bombas
¡Bang! Balazos que levanten muertos
Versos que traigan paz
Donde sólo había batallas
Poeta, poemas hacemos todos
¡Milagros es lo que falta!
Ofrecer pan donde no exista el hambre
El mantel tiene que estar con vino
¡Mánchalo siempre poeta!
No hay que escribir palabras
¡No escribas palabras!
Ríe o llora pero de verdad
Con eso basta
y sobra.

Iván Cruz Osorio (Oaxaca, México, 1980)


Simón Rodríguez
Qué curioso el garbo de los muertos
que hacen trompetillas y confunden su aliento
con el olor de los nardos.
¿Te acuerdas de Elena María detrás de las vidrieras?
Cuando la vida quería brotar de las manos
y no había apuro alguno en el odio ni en las balas.
Había obreros tiznados de aventuras, hortelanas livianas
que suspiraban nuestro nombre con todo su cuerpo,
y monarcas fulleros quemados en la noche de San Juan.

Yo conocí a una duquesa que amó a Franz Ferdinand,
que entre los dulces acordeones de Austria
le rozaba los codos a meseras tullidas
ante la mirada de morfina de los insurrectos.
Cuando estuvo muerta con un agujero en la frente,
todos rieron de sus vírgenes rompehuelgas,
y de los ahorcados del primero de mayo
que iban sucios a la insurrección socialista.
Alguien dijo que Grace Kelly era más hermosa,
pero nadie le hizo caso.

Qué tristeza esa noche en que las usinas moscovitas
preparaban las banderas rojas,
y en el Volga había pistoleros de manos en el bolsillo
y dedos ágiles,
pero Nicolás II lo desmentía
mientras se frotaba ajo en el cuello.

Yo conocí a Túpac Amaru con los miembros arrancados,
con su voz húmeda de sones y montañas
derribar trincheras
y tabernas de burgueses de orejas puntiagudas.
¿Te acuerdas de Elena María detrás de las vidrieras?
Había niños con marionetas
y una única función para entretener el desamor.
Yo conocí a Túpac Amaru y a sus manos de devastación
y dije

Nosotros somos los mismos de ayer,
arrebatados de fervor,
arremolinados frente a ustedes que son polvo,
llenos de nostalgia de las cosas
que no van a suceder,
enamorados del corazón pasajero
de mujeres tristes.

Pero nadie me escuchó.
Quiero acordarme de su alma pícara de trapo,
del baile de los niños incas y su muerte injusta.
Qué curiosa profesión la de los caídos,
que entornan las puertas,
hacen mimos en la nuca con los dedos
y tienen un silencio verdaderamente vivo.

Luis Alonso Cruz (Lima, Perú, 1981)

Crepúsculo al mediodía

El sol aplasta los huesos,
el sol consume lo poco que se puede decir.
Refulge el silencio,
Tornasol o plata
refulge con desidia
mientras los recuerdos se escapan como libélulas
o en cada aleteo de un colibrí.

Alguien grita desde una casa
Aliento es lo que falta para comerse
este momento cálido.

En un mar secándose a cada hora
hay un bote
dando vueltas
como una cosa imposible
y un pescador hunde su red en el mar
y piensa en un césped frio
como una manta verde que le es esquiva,
tanto como el amor de la joven rusa,
hace veinticinco años.

Los hombres en el desierto huyen de sus sombras,
saben que es luz venenosa
saben que si permanecen con ellas serán cenizas
el preludio de los agujeros negros

Para nada hay escapatoria,
se es tiempo y polvo, lo demás es imaginación.
El mar y los hombres han desaparecido.

Tamara Mathov (Buenos Aires, Argentina)


Desparramados

Cambiaron los síntomas, volvió la fiebre y ahora mi cuerpo es el cuerpo de otro que funciona peor. Soy parte de esta marea de gente desparramada, tengo la garganta intoxicada por el quitapulgas transgénico que, dicen los diarios, se oculta en los filtros de los cigarrillos industriales; la espalda deforme, mitad sobre un sillón, mitad sobre alguna rodilla amputada que tuvo la suerte de quedar allí y no aquí, doblada hasta estrujarse tanto que la sangre es sólo un recuerdo de la tierna infancia de las ocho de la noche; la cintura apretada por el pantalón vintage que en el espejo del baño me quedaba tan bien; yo aplastada, apretada, atontada por químicos radioactivos que hacen metástasis descontrolada mientras pienso en la paranoia post googleo de síntomas sospechosos que al final siempre son en algún tipo de cáncer. Yo en ese mundo de patológica, triste y silenciosa autodestrucción, sentada frente a un tipo al que no le veo la cara pero que es Fabián: es Fabián escondido detrás de cuatro mil capas de vergüenza. La imagen borrosa de Fabián, licenciado, experto, doctor de la pose pensativa, se pasa el dedo índice por la comisura de los labios, se peina un bigote inexistente, mueve la cabeza a destiempo de la música mientras yo, asfixiada, me zambullo en el frasco de mermelada que hace de vaso y está lleno de cerveza caliente. Sobre los pedazos de cuerpo, las colillas de hace mil años despedazadas hasta esparcir parocardiovascular por todos lados, con la voz rasposa de garganta enferma, una cabeza emerge de entre todas las cabezas para decir: micrófono abierto: lo que se quiera: cualquier cosa que se quiera. Y entonces de tan libres apenas podemos respirar. A mi tercer intento por incorporarme Fabián todavía peina la nada. Trastabillo sobre el minúsculo trapecio de parqué, intento que mis zapatos no sorprendan los dobladillos de las polleras de colores: envidiable equilibrio profesional hasta que, amplificada, la voz de micrófono de Fabián cubre las quejas de los cuerpos mutilados y tropiezo. Nado hasta la escalera que tiene, en el último escalón, un charco amarillento que fluye por el sócalo hasta el núcleo del desparramo y salgo de este subsuelo que pretende ser bar hacia la calle. A lo lejos, Fabián hace de Fabián pero suena ajeno y habla del alma y habla del cuerpo. El frío de agosto en la cara, enfermedad de humo en la garganta, en los oídos la sordera, y, por todos lados, simulacro.

Rodolfo Ramírez (Bogotá, Colombia, 1973)

Al romper el día

La página en blanco
olvidada de palabras
derrotada
engendra en las manos
la nueva batalla
la posibilidad de victoria.

Tintasangre

                Hombre, árbol de imágenes..

                                              O.P.

He matado a un hombre.
Un signo
que mancha con su tintasangre
mis sentidos.

Noé, probablemente,
no me tendrá en cuenta
para su próxima arca.

2

Te burlarás de mí
con tu máscara de mañana.
Llegaré a la punta de mi flecha
pesado, inmóvil.
Otras flechas pasarán
irán más lejos.
Mi tiempo será el tiempo de la foto
todo se moverá
y ya nada podrá moverme.
Seré la arruga
el ingenuo
la historia.

Génesis de gusanos

Busco los recuerdos
el lugar
los ojos
los amores
las amantes.
Todo aquello que fui
y que ya no está en la memoria
todo por lo que luché
todo lo que creí
todo, todo
lo estoy buscando todo
y todo lo tengo perdido
sólo quedan
cinco segundos para el cerebro
y un cuerpo que empieza a oler mal.



Margarita Losada Vargas (Neiva, Colombia, 1983)

El origen del objeto

la araña
no teje la red
une los puntos de la ausencia
para darle
una forma a la nada


Sospecha


el mar
bien adentro
debe ser como el abismo
que cargo en la entrañas

inquietante y calmo a veces
pero agresivo y devastador
de repente



Un silencio


las palabras que no son
se ven aquí
en el horizonte vertical
hecho humo




David Reinoso D’ Jesús (Bogotá, Colombia, 1974)

Carpa de gitanos

Nunca tuvimos una casa

Cargamos paredes en vendajes
las cargamos lisiadas por el destierro

Somos una versión impecable de Caín

Nuestra carpa es el primer lugar
donde nace la ausencia
y el último donde muere el recuerdo

Buscamos un paraje dónde partir el pan
el lugar donde se aferran los ladrillos
será la tumba.

Libreta de apuntes

Tengo algunos pájaros sin pico y patas
otros con alas deformes,
a todos ellos les limpio las jaulas en las mañanas.

Marisol Barahona (Bogotá, Colombia, 1992)


Arqueología del tiempo

Seremos
los únicos que haremos de la nomenclatura citadina
un poema de amor
            Lo que fuimos
escrito en el asfalto
lo desvanece
el agua lluvia.



Extranjera


No he volado
pero conozco el mundo
Sé a que huelen las calles
donde me siento extraña
He visto ojos que no son de estas tierras
y miradas lejanas que me persiguen
He amado hombres que no conocen mi casa
ni yo las suyas
tan solo una intersección aquí y allá
He vivido en mi Louvre de pitillos
he sido puta en Moulin Rouge
he sido Jeanne samary

Ahora
una amante
disfrazada de nieve.



Poema de abril

Me enamoro
del dios que hay en cada hombre
el territorio de sus carnes       y
retrocedo tímidamente

El silencio permite la atemporalidad
cuando veo que es la amabilidad y la magia vestida de hombre

El único acto de amor en el mundo
es soñar en voz alta.

Dufay Bustamante (Pereira, Colombia, 1985)


Ya las llamas abrazan  los troncos

Al mirarte de lejos
puedo verte varias tardes.
Tomo distancia de todos los temas.
Ya las llamas abrazan los troncos,
la delicada caída acontece a ritmo de sol.
Entre tu cuerpo que se derrumba y el suelo
la intensa luz se fuga para mostrar las momias de la sombra.
Imagina caminar un continente
de seres que se incendian.
Ya no es tiempo de subir el vidrio de la vida,
le he roto,
en el lujo de omitir la historia de las generaciones:
vértigo del vacío en el derrumbe.
Ya las llamas abrazan los troncos,
nace de esta ternura el ánimo destructivo, arden
mientras se derrumban en la pasividad de su resistencia.
Desde la lejanía,
la amplitud del pesimismo
calcina las formas
de la montaña de ceniza nace un optimismo radical.


Al mediodía

El destello de cabellos inunda la avenida
de repente y por unos segundos nada se escucha
no es el silencio
el eco sonó igual que la voz
tú lo dijiste: no volvamos por allá,
a mediodía una estrella encandila, impide mirar hacia arriba
sólo al pobre horizonte con rubia que tira la cartera.

La quemo, incendio lo seco que nos queda
ayudo recoger las cenizas
y te pienso en algún lugar del atardecer
cogida de la tarde conmigo.



Alejandro Cortés González (Bogotá, Colombia, 1977)


Abren las mandarinas su hechizo de luz

Algo me dice que mi hijo está solo
recién salido de la ducha
con la piel húmeda sobre las sábanas
Se levanta tarde
sediento entre alcoholes negros
debe echar de menos las mandarinas que le daba cuando niño
cuando llegaba de jugar fútbol con las rodillas verdes
y devoraba cada gajo en un segundo

Creo que mi hijo piensa en cómo era la vida
cuando existir importaba más que ser útil
Se acordará de los programas de televisión:
Los guardianes del universo
protegían la bondad de los niños solos

Mi instinto me dice que está tirado en la cama
El aire de flores desnudas entra por su ventana
Fijará las pupilas en un punto de la pared
o del armario debidamente ordenado
y con la toalla secará la sal de su cara
¿Se acordará de sus ojos cerrados cuando le bañaba la espalda?

El diciembre que nos hicimos distantes
no pesa más que todos los diciembres que estuvimos juntos
Yo solo puedo presentir cuando él me piensa
y verlo como a un niño
sin importar sus años

Si yo supiera de premoniciones
juraría que mi instinto sabe más de lo que conozco
Si yo supiera de señales
dibujaría el punto en la pared donde fija la mirada
Pero soy su madre
solo sé esperar
Solo sé esperar
a que me visite un domingo a mediodía
y poder darle
todas las mandarinas del mundo.


Omar Garzón Pinto (Bogotá, Colombia, 1990)


Aquelarre en Macayepo

Hoy cayeron piedras del cielo.
Cayeron tantas veces que nuestros cuerpos tomaron forma de cantera:
A su choque con el suelo daban gritos de agonía.
Cayeron como truenos cortando hasta el aire en nuestras bocas.
Hoy cayeron piedras del cielo y las ramas deshojadas de los árboles cobraron vida.
A cada paso de su danza vespertina nos quebraban los brazos, las piernas, la voz
y el cuerpo en la montaña ya no era nuestro.
Los montes se alzaron imponentes para ser testigos de la fiesta de los hombres:
Ramas estacadas en los vientres, filos que salían de las venas, piedras en los ojos,
llantos sin destino… Todo en la vitrina de la muerte, todo en el lienzo de la tierra
/ya salada, ya de cal.


Hoy cayeron piedras del cielo.
De su paso por aquí solo queda el rastro de unas sombras y los campos removidos
y las huellas de los niños y esta mano de algún anciano que partió sin ella.




Óscar Pinto (Bogotá, Colombia, 1976)


Cantante
Trepo a los buses cantando
y en ellos tarareo mi melodía de sueño

Pego las notas de mi voz
y mi guitarra en el paisaje

Un tango me asegura un trozo de pan
la mermelada un tosco bolero

Silbo desamor como una radio
a gentes que se niegan a escucharme

A voz en cuello entono una canción de palo
un rumor de techo, un danzón de cobijas

Canto este sollozo mío, tan cierto del destierro
este exiguo plato no comido
esta pimienta, este silencio

Antes de salmodiar mis propias honras fúnebres
voy lanzando notas a este cielo

Mendigo soy
de un poco de aire



Recursos

Me gano diez pesos para pagar el arriendo
y la cuota alimenticia de mi hijo.
Porque la paternidad me exige un costo,
consigo con audacia un salario
de zanahoria, arveja y remolacha.

Aunque me declaren interdicto
y robe del plato del enfermo,
afirmo mi condición de ave
tenaz tras la ruta del insecto.

Si el gobierno dictamina un alza en la eps,
el agua, el gas o los bombillos,
en casa oprime mi mujer con el alza
del mercado, de los celos, de las ofensas.

Trabajo por un techo, un libro, una nostalgia
por un vaso de vino entre las manos,
por el pesimismo que brota día a día,
hasta por un dolor en los testículos.

Confiado estoy:
ganaré diez, me ganaré quinientos.
Y aunque mi mujer inquisidora
revise la casilla del saldo en los recibos
confío en mi capacidad:
incluso para ganarme la derrota.


Angye Gaona (Bucaramanga, Colombia, 1980)
HABLA EL VOLCÁN

Miles de preguntas arden
bajo tierra,
preparan la erupción.

Ya bullen, ya se sacuden;
de combate provocadas,
pronto hallan los cráteres,
están por venir afuera.


Manos son y en las montañas se alzan,
manos de magma toman las estancias.
No queda en pie trono
ni posesión ni usura algunos.

Suenan las preguntas,
chasquidos en los tímpanos oficiales.
Se recuerdan los nombres hostigados,
los desmembrados insepultos,
ocultos bajo lodo impune.
Se avivan los nombres en las voces;
pueden derruirse los muros de las prisiones,
pueden tomarse los tronos,
se diluyen las fronteras,
si se invocan esos nombres.
Ningún arma, ninguna injuria, nada,
habrá de replicar esos nombres calcinantes.



Otras demoliciones


Estamos también en guerra
en este lugar

Ataques dirigidos
esfuman las esquinas

La guerra es mágica
desaparece la ciudad

Los desenterrados se levantan formando obeliscos

¿En dónde se dan cita los espíritus
que ya no reconocen
las arboledas ni las esquinas?

Caen las casas embrujadas
los hornos
las panaderías
Las manos que firmaron
la muerte de las casas
se paralizan

Entre sombras
los asaltos se apresuran

Las casas cuentan su última historia
a grupos de niños vagabundos

La bengala de la mañana
alumbra las bajas
y se declara inocente
la tierra amarilla

Esperan las plazas su turno
consternadas

***