martes, 3 de septiembre de 2013
martes, 19 de marzo de 2013
Entrevista al poeta Juan Carlos Mestre, de Hasier Larretxea
- Un artículo de Hasier Larretxea
- 14 de marzo de 2013
El poeta y artista visual Juan Carlos Mestre (Villafranca
del Bierzo, 1957) se coló, inevitablemente, dentro de los libros de
poesía más destacados con la publicación de la extensa y
arriesgada La bicicleta del panadero (Calambur,
2012). Su poesía, que ilumina los contornos oscurecidos de la
memoria y la insurrección estética, dirigida frente a los
discursos dominantes. Todo ello dota a este libro del valor de una
piedra angular en la poesía escrita en castellano en estos
comienzos de siglo XXI. El simbolismo de la conciencia cívica y la
desobediencia ante lo absoluto e imperante.
Estimado Juan Carlos, ¿cómo le gustaría que le presentaráramos?
Presentar,
mostar, exihir, malos verbos, amigo Hasier, para el que no le cuenta
los dientes a los caballos. Hablemos mejor de lo que
silenciosamente ha de ser lo borrado como tachadura de las
presencias obsesivas. El poeta acude a la cita con lo invisible,
no al mostrador de las exhibiciones. Nada con las mercancias de
lo notorio, menos aún con la figuración realista y el periodismo de
exhibición. El único placer ante la sociedad de clientes es la de
fugarse de su publicidad tóxica, convertirse en un exiliado de los
negocios de equilibrio, en un practicante del desajuste. La
poesía solo es huella, ambigüedad, nada preciso aunque sí
precioso sin reminiscencias de aquella belleza de
confesionario, de lo culposo ante las cenizas de la
imaginación. Lo que permanece apenas es una huella
interpretable tras haberse apagado lo oído en el fuego donde
conversan las llamas. De nada servíria ninguna presentación
para explicar el adulterio frenético entre lo entresacado a lo
reeal y la inundación del testimonio desde el afuera, ese
mestizaje celebratorio con las sustancias latentes y por todo
contaminadas de lo maravilloso.
¿En
qué medida marca esa infancia en Villafranca del Bierzo y la memoria
de los desaparecidos a la hora de (re)crear un imaginario
poético (simbólico) como el que nos ofrece La bicicleta del panadero?
La
patria natal ha muerto, y con ella la prótesis del orígen.
Desaparecido el tiempo afectuoso de los padres, la vejez de ese
mundo se precipita ya en lo abismal, se suplanta por los decorados
críticos de otro y nuevo fracaso: lo que se extingue en su cíclica
rutina, intentar no volver al verso de la obviedad, asumiendo la
pérdida como destino y la ruina como único tesoro para que siga
jugando el esqueleto del niño. Acaso la expulsión del Paraíso como
pensaba Kafka haya
sido un golpe de suerte y la memoria del lugar ontológico de los
primeros deslumbramientos, la trasnochada sabiduría de los
alcoholes adolescentes, la deseante inquietud de la lectura de
otros cuerpos, se haya metamorfoseado en taciturno jabalí que solo
espera la resurreccion de los cazadores muertos.
La
temporada de la nostalgia ha terminado, aunque se mantenga
encendida alguna sumisa candela en la raíz de los montes de urces, en
las venas populares del canto de los ríos bajo los podridos puentes
de madera. Todo lo relativo a la sublimación de los origenes ha
entrado en definitiva veda. Si algo de amor permance es hacia la
mudez de las piedras que marcan el tiempo civil de la personas, las
que continúan en su misterioso anhelo de no decirnos nada, pero
propiciando el acceso a la contempación de lo otro, a la escritura
del desastre invisible y la luminosidad aterradora del gran
desamparo. La aldea ha sido arrasada por los mercaderes parisinos
o los nuevos integistas del consumo llegados del Moscú vaticano,
un asco, una mezcla de fréjoles y curas para echar de comer al
olvido.
Más
que marca lo que pervive son cicatrices, huellas de un dolor aún
pendiente de concluir, ancestralmente atávico, la tierra
irredenta que respiré en los primeros poemas de Gilberto Ursinos, la identificación con las víctimas de la pobreza que hallé en Gamoneda, las
dominaciones y los actos de fuerza, los dañados por el ominoso
silencio de la nada edificante historia civil de la esclavitud y
el trabajo en las minas y la humildad sin rostro de los campesinos
de la alta montaña. Mire, decía Artaud que
no creía que hubiera nadie que haya jamás escrito, o pintado,
esculpido, modelado, construido o inventado, a no ser para salir del
infierno, pues bien, yo me siento un contribuyente a la
verosimilitud de esa estadística, escribí para huir de aquel
infierno de cuchicheantes betas y resentidos progres
reaccionarios. Como en el poema de Prévert El escolar perezoso,
dije no con la cabeza pero dije si con el corazón y sin preocuparme
de la furia del maestro ni de las burlas de los niños prodigio con
tizas de todos los colores sobre el encerado del infortunio dibujé
el rostro de la felicidad. O algo parecido.
Foto: Eduardo González Puras
¿Qué lectura o experiencia vital le marcó para que se acercara al ámbito de la poesía?
El masticar cangrejos hasta exhalarlos por la punta de los dedos al tocar un piano, que diríaLezama;
todo viene de ahí, de la dialéctica de la combustión, del quemar
palabras en el horno de la conciencia para hacer el pan de los
siempre nuevos y desafiantes significados del porvenir y la
apertura. La apertura hacia la resignificación de lo invisible.
Yo conocí de muy adolescente, todavía casi un niño, a algún poeta,
literalmente poetas, no escribidores de banalidades bien
entonadas; su conducta de árboles dignos en aquel bosquecillo de
mequetrefes pedagógicos y desagradables aristócratas con
cuello de jirafa que era la sociología de la vieja villa marquesal,
mi pueblo, Villafranca del Bierzo. Desobedecían por aquel
entonces Gilberto Ursinos y Gamoneda, también Antonio Pereira ya
se había salido del surco. No fue dificil admirar su incesante
encantamiento frente a la aburrida estulticia de la
esclerotizada clase dominante, las fuerzas muertas que se
resistían a ser enterradas después de haber acabado con todos los
sueños vivos.
Leí
y todo comenzó a arder en mi cabeza, tenía catorce años y la poesía se
me reveló como la única posibilidad que mi vida tenía a su alcance.
Esa herramienta la había escrito Gamoneda: “la belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes”.
¿Quién con catorce años no se va a atrever a la aventura de subirse
al tejado de la revuelta? No hubo, ni lo busqué ya nunca, camino de
regreso. Estaba bien en aquel lugar, en esa intemperie que sigue a la
espera de la repoblación espiritual del vacío, del dar fe en los
territorios del abandono, del dejar constancia de los
desplazamientos por el lenguaje donde arraiga el último acto de la
dignidad colectiva: la piedad, la misericordia para con las
víctimas del desamparo, la creencia en la justicia de que algun
día las estrellas serán para quien las trabaja.
¿Cuál
es el camino, cuáles los senderos que ha atravesado Juan Carlos
Mestre para alcanzar la precisión y la alucinación de su
lenguaje poético, tan latente en La bicicleta del panadero?
Se
suele entender por alucinación las sensaciones subjetivas
radicalmente falsas, en algo ciegas, en mucho quiméricas. No, yo
no he tenido nunca consciencia de padecer tal transitoriedad
enajenante en mi lenguaje. Escribo como pienso, y pienso tal como
vivo, contra el rejuvenicimiento de las plañideras y la
tristeza teórica de las cátedras. La precisión es un asunto
relacionado con las tuercas y los engranajes mecánicos que
determinan los ritmos del quehacer normativo. Para mí la poesía
es esencialmente una actividad disgregadora del método,
indisciplinada por la naturaleza misma del lenguaje del que
procede, el sistema perceptivo de la intuición frente a la
pragmática de los episodios reguladores del relato. No tengo
ninguna conciencia de haberme desenvuelto en ese ámbito de
relaciones significativas, la paradoja alucinación-precisión, al
contrario, pienso que no he escrito una sola línea que no guarde
relación con un estímulo vinculante, con una experiencia
sensorial conscientemente interiorizada a partir de los
discursos del afuera.
Mi
poesía habla de mi vida, de mi participación en el advenimiento y
en el presentimiento, en la vértebra filosófica del pensar y en
el balanceo de lo que otra mano desde lo misterioso empuja,
desestabiliza y desordena. Asunto diferente sería el modo del
actuar lingüístico, el procedimiento de la elección no elegida,
la inclinación hacia la capacidad negativa de lo
identificatorio con lo nombrado, la conocida hipótesis de Keats respecto a la participación en la presencia del lenguaje como una realidad objetivable.
Mire,
Hasier, usted como poeta lo sabe perfectamente: el único trastorno
es la realidad fingida de lo real. Yo escibo lo más lejanamente
posible a la innecesaria obviedad realista, soy un caracol
descalzo sobre el rastro de los conversadores del peligro, me
atrae la búsqueda, recortar con las tijeras de la invisibilidad
los contornos sobrantes, pero también intento prestar mi cabeza al
ciudadano más próximo, realizar la excavación en términos de lo
posible, en estímulos racionales del hallazgo. Estamos hablando
de materiales poéticos, no de bisbiseos melancólicos para
llamar la atención de los gatos domésticos de la docencia. De
momento dejemos el irracionalismo para el canto de las ranas.
¿Y
desde dónde parte la mecha a la hora de generar esas atmósferas
contrapuestas, ese mundo tan concreto y tan suyo (y a la vez,
de todos)?
Acaso
de la presencia súbita de una lejanía, el habla de los
antepasados que se entrenan de noche para la resurrección, lo
reaparecido por la fractura de La Cábala y las lucecitas del Zohar.
La poesía es consoladora porque musita en la oreja la respuesta
sin necesidad de que haya habido pregunta, y esa respuesta simpre
es otra pregunta. Yo he llegado tarde a las estructuras, por eso ser
el último en la tarea de la desorganización discursiva no es
ningúna tarea que yo privilegie conscientemente.
Lo
que se revela lo hace en cuanto fluir cuántico de las particulas
elementales de la conciencia, de la fragante actividad atómica
de lo musical, quarks con
sabor al significado que transportan y que aún invisibles a la
observación del delator gramático llegan al poema a testimoniar
su ser de memoria, su nostalgia de porvenir, y sueño, la
resignificación del mito… Esos materiales de los que junto a lo
religioso de la imaginación está hecha la poesía, la ciencia
inocente de su delicadeza y el atisbo de su inmanente superstición,
lo que a partes iguales es la paradoja del significar e
inscribir el lenguaje en la realidad de la vida, de reinterpretar
lo que siempre ha estado ahí como un decir imperfecto sometido a una
constante transformación de sentidos. La lucha por la
sobrevivencia acaso sea también la lucha por los significados
del existir, la comprensión del destino humano y la resistencia
transcultural a los territorios impuros del poder.
Foto: Eduardo González Puras
¿De qué manera el pasado y la memoria son un cobijo y una fortaleza en su poesía?
Fortaleza
ninguna, la poesía resiste precisamente los actos de fuerza del
saber, del supuesto y pretendido saber que antes o después deviene en
discurso de dominación. Aprecio, sin embargo, la debilidad como
constructor de otra forma de interés, la que aporta delicadeza a
los dialogos de la civilización, la memoria distorsionante
frente al imperio de la cultura del olvido, la voz aún sin
pronunciar de las víctimas frente al altavoz extentóreo de los
altavoces de los Estados patrióticos. La memoria es no solo el
desafío de la conducta ética contemporánea, sino la primera y más
significativa de las pertinencias morales heredadas del
concepto de la dignidad humana, lo nunca humillante de esa
imantación que llamamos justicia del bien en los espacios del
encantamiento público y la misercordia civil.
¿En qué momento y de qué manera surge el hilo que le lleva a hilvanar un poema?
En
mí el constructor de la presencia lingüística siempre llega sin
invocación, como algo inarticulado pero oído con claridad en su
conducta de querer significar, así y después de un persistente
asedio de reflexión que puede, en no pocos casos asi ha sido, durar
meses, años. Una simple nota, una situación, un acontecimiento
reconvertido en obsesiva presencia de recuerdo, de
incomprensible resolución en cuanto enigma del afuera del
lenguaje, en suma ese hilo que usted refiere conduciendo
irresolublemente a la conciencia de algo de lo que yo no podría
tener conciencia de ningún otro modo crítico, contemplativo o
estético que no fuese en su sustancia de materia poética. No me
pregunte qué entiendo por ello, llego hasta ahí, a las puertas del
poema, no sabría y tampoco me interesa mucho esclarecer los
metabolismos de su génesis, la química de su organicidad, no, el
asunto se resuelve en términos de misteriosidad, de infinita
misteriosidad fuera del espacio que otorga tiempo al pensamiento
de lo histórico. Los ornitólogos siempre se empeñan en saber más
que los pájaros. Huir de las redes es la consigna, no nos cazan para
salvarnos, sino para vendernos, para exhibirnos domesticados,
para digerirnos. La vida es otra cosa. Y la poesía también.
Ha sido toda una declaración de intenciones la publicación de la arriesgada y compleja última obra.
¿Arriesgada?
¿Compleja? Ya me hubiera gustado asumir la responsabilidad de
tal empeño, no es así, admito la posibilidad como en toda actividad
creativa de su resultado fallido, pero riesgo, lo que se entiende por
riesgo yo no he corrido ninguno, escribo de la única manera que sé
hacerlo, en plenitud de duda; no me ha asistido otra volundad exenta
al propio acto de escritura, la huella de por donde antes ha pasado
la sombra de mi vida, tampoco tan compleja como para que no pudiera
sencillamente ser entendida por cualquiera de los otros y
multiples semejantes que somos cada uno de nosotros ante el espejo
sin reflejo de lo otro. La poesía no tiene otra intención que ser eso,
estar ahí en medio de la calle, en la alta buhardilla de su pobreza,
siendo lo que único que puede ser si es que lo es: poesía.
¿Qué caminos atraviesa La bicicleta del panadero?
Las
calles del aire y del agua, lejos de lo altisonante y reverencial
de los sentimentalismos del yo emotivo, esa innecesaria
socialización de las lágrimas de alta velocidad en que se ha ido
convertido la red de ferrocarriles personales, las paralelas
del sistema orgánico del facilismo, la apología de lo mercantil
asociada a la cualidad literaria, basura sobre basura. Intento dar
un rodeo, bordear el centro por los suburbios de las otra zonas
prohibidas al pensamiento aleatorio de lo mágico y disgregante,
de lo radicalmente inconsumible. En una bicicleta como la mía solo
se puede ir, solo se puede llegar a donde lo permita el buen tiempo y
la generosidad de los caminos del otro, la oprovidencia de Platón y Leví, ese desconocido que nos comtempla desde el espejo.
Foto: Eduardo González Puras
¿Qué le hace creer en la poesía?
Este diálogo con usted, Hasier, por ejemplo. Usted escribió sobre la
distancia entre una oveja y un cuervo, pues uno escribe para
descubrir esas cosas, la inutilidad imprescindible de la medida
de y entre las cosas, de su interacción en el mundo. Interpretar la
respuesta que da cada instante del mundo sin que exista ya la
pregunta, reconocer las señales y sus disfunciones que
participan de la lectura del universo. Tenemos fe en el veneno,
escribióRimbaud. Ahora
que el veneno financiero pareciera constituir la única fe de la
sociedad publiciataria, lo consumible, la escatología de la
usura, acaso pudiese ser la poesía buen un buen antídoto contra la
ruinosa plaga moral que rinde culto al vacío teológico de la
gasolina y las bebidas refrescantes.
¿En estos tiempos tan precarios, cuál sería el cometido de la poesía?
El
mismo que ha tenido siempre, hablar, dar que hablar al silencio que
sus palabras desalojan. Acaso también la de intensificar a
través de la lengua otro modo de conocimiento de la experiencia
humana, y en su trastorno de voluntad contribuir a oponer el más
radical de los actos ajenos a la fuerza, la compañía imprevisible
de los pensamientos que a través de las civillizaciones han
hecho de un poema, de casi todo poema, un acto de resistencia al mal.
En
sus poemas es latente el compromiso con la vida y con la realidad
social. ¿Qué le lleva a plasmarlo en sus versos? En su opinión, ¿de
qué debe(ría) ser reflejo la poesía (actual)?
No
conozco ninguna obra de ningún poeta con un mínimo de interés en la
que no esté latente el compromiso con la vida y con la realidad
social, incluso la negación de ese compromiso, por determinación
de ausencia y renuncia al vínculo de responsabilidad frente a la
precariedad de un otro, compromete, y de qué manera, la categoria
ética del individuo. El lengujae no es un exudación inocente de
la conducta humana, ni el acto reflejo una fisiología inconsciente,
el lenguaje es pensamiento, construcción ideológica del mundo y
por tanto vínculo, del tipo que sea, con la vida y el contexto social
de su práxis.
¿Cómo podría hacer justicia a la vida la poesía?
Contribuyendo
a destiempo, anticipándose, nombrando al contratiempo de lo
ominoso; la advertencia estética que siempre deviene en ética de la
conducta, el detenimiento en que la categroría aplazada de lo
bello haga compañía a categoría negada de lo justo, lo que no queda
tan lejos de aquel pensamiento de John Keats y
su vinculación entre poesía, verdad y belleza. Parece una poco
original recapitulación teórica, ciertamente, pero el
fantasmal mundo contemporáneo ha logrado con su ominosa conducta
lo que parecía ya periclitado por la conquista de determinados
derechos civiles, la necesidad de volver a pensar en términos de
lenguaje las utopías de la felicidad. Tal vez pueda la poesía
contribuir desde su desolada condición de vigilancia
benjaminiana a la advertencia de lo que de ninguna manera ha de
volver a cumplirse, las miserables aspiraciones del fascismo
económico y el sometimiento de la socieda civil al imperio
mezquino de los mercaderes.
Foto: Eduardo González Puras
¿Cree que La bicicleta del panadero y su escritura, en ocasiones irónica, que roza lo absurdo, es respuesta a la situación social actual?
Aprender a ser libre, escribió Octavio Paz a propósito de Cervantes, es
aprender a sonreír, la ironia es un alegato desconstructor de la
seriedad siempre represiva del poder y su soberbia obstinación
por mentir. Enfrentar al poder con su absurda presencia, a los
poderoso frente a la propia mueca de su asco, a las instituciones
que por encima de los individuos han convertido en una autentica
pesadilla las estructuras sociales de la dependencia y el
sometiemiento a lo fáctico, es un deber poético, reirse de ellos en
los funerales por las banderas, los estados, las fronteras, las
patrias tapizadas por la inocencia de masacradas generaciones de
personas decsonocidas… Ese es el significado del nuevo y viejo
desafio frente a la crueldad, el poema, una bella patada en el culo
de las fianzas del horror, de las jerarquías políticas de la
vergüenza.
¿El Premio Nacional de Poesía obtenido por La casa roja (Calambur, 2008) qué supuso para usted?
Nada de interés, yo no estoy en ese guiso. Cézanne decía
que los honores solo pueden estra hechos para los cretinos, los
golfos y los pícaros. Un poeta debe creer en santos y en los
expedientes abiertos por el silencio a los musicos y a las hadas.
Tal vez algún impertinente ruido y algún más que prescindible
conato de vanidad afortunadamente espantado. Mire usted, las
recompensas solo ponen precio a la cabeza de los forajidos. He
pasado más de la mitad de mi vida en la oscuridad, he descargado
camiones de oscuridad hasta herirme las manos. A otra lámpra con esa
luz, a otro hueso con ese perro que guarda la casa vacía.
¿Cuáles serían las transformaciones más considerables de la poesía escrita en castellano en estas últimas décadas?
Múltiples,
pero esencialmente el haber dinamitado la ortodoxia conceptual
de las tendencias autoproclamadas como dominantes, residuos
modales de los gestualidad victoriosa y su tendencia a la
exclusión de cuanto difería de sus modelos canonizantes. Han
saltado por los aires clasificaciones y caballos de carreras,
señoríos y aristocracias estéticas pregoneras de la falsa
sencillez retórica; la poesía ha regresado al territorio de las
ensoñaciones, del libre ejercicio de conciencia, a las
trincheras del mayor proyecto espiritual del ser humano: las
utopías de la imaginación y su defensa del derecho civil a la
felicidad. Todos los territorios vuelven a estar disponibles, el
que se aventura a restar retórica y el del que amplifica elsiempre más de lo ilimitado.
La
ortodoxia canónica de la preceptiva ha concluido su aburrida
tarea de fabricación de banalidades, los inspectores de la vieja
fiscalidad retórica se han visto desbordados por la bella
ilegalidad de los dados de Mallarmé,
la revuelta de los nuevos y más jóvenes ha asumido la
desobediencia a los lenguajes de dominación como única consigna.
Por ahí va, creo yo, el porvenir de la palabra poética y su tarea en
la repoblación espiritual del mundo.

miércoles, 27 de febrero de 2013
jueves, 7 de febrero de 2013
Entrevista / El Mundo de Medellín
El mundo nombrado por Lucía Estrada
2 de Febrero de 2013
Lucía Estrada publicó, en 2012, su libro “Cuaderno del ángel”, con la editorial Sílaba. Este poemario fue ganador de una Beca de Creación Artística de la Alcaldía de Medellín.
Lucía Estrada hizo parte de la organización del Festival Internacional de Poesía de Medellín durante cinco años.
Cortesía, Jairo Ruiz Sanabria
|
Diana Carolina Mejía
Lucía Estrada nació en 1980, en la década más convulsa, cruenta y violenta de la historia reciente de Medellín. El narcotráfico y el sicariato, las bombas. Las balas. El caos. La muerte. El ruido. El hampa. El dinero. El dinero fácil.
En medio de tanta agitación, tanto dolor y tanto miedo, por ahí, en algún punto de una ciudad que albergaba indistintamente a más de dos millones de almas: los buenos, los malos, los desposeídos, los indiferentes, las víctimas, los victimarios, los “donnadie”, los patrones; una niña tímida y silenciosa se inventaba su propia ciudad. El mundo se abría ante sus ojos no como una realidad sino como una posibilidad: estaba allí para ser inventado. El mundo de afuera era maleable a sus ficciones, a sus primeras fantasías, a sus primeros juegos.
Lejos estaban los otros. Lejos el dolor, lejos el horror. Su mundo se fue construyendo hacia adentro, bajo la mirada limpia y protectora de los padres, bajo la sombra confortable de ser la menor de los hermanos, la princesa de casa.
Contrario a lo que lectores desprevenidos pudieran esperar de las estéticas de una mujer joven que escribe en esta Medellín confundida, superficial y trastornada, Lucía Estrada despunta con una poética universal, madura, profunda, lírica, fina y reflexiva, elogiada por sus pares y los lectores (que para la poesía no son muchos, pero los que hay son selectos y exigentes).
Elude asuntos que se han convertido en lugares comunes. No hay en ella feminismos recalcitrantes, su condición de mujer está ampliamente superada en su obra. No hay ecos reivindicativos de género que afrontaron algunas de sus predecesoras o que aún afrontan algunas de sus contemporáneas en nuestra poesía. Tampoco aparece la ciudad como una suerte de lastre o demonio, ni como evocación idílica. Tampoco el erotismo, la femme fatale, la seducción... el amor romántico o el amor contrariado. No es la suya una poesía quejosa ni sentenciosa. Son otras sus búsquedas y otros han sido sus hallazgos.
Lejos está también de poses eruditas, del visto bueno social. Su poesía le surge como una necesidad vital, no como resistencia, no como activismo, ni siquiera como una bandera, una causa, una manera de hacer parte del mundo. Ya para Lucía Estrada la poesía y la palabra nacen como un canto profundo, solitario e inevitable.
Ella nos habla de su escritura.
-¿Cómo recuerda la ciudad de sus primeros años?
“La ciudad era un horizonte de cielo, luces y penumbras que yo podía mirar desde las escalas del solar de mi casa. Lejana, silenciosa y humeante, trataba de imaginarla en cada uno de sus rincones: qué harán allí, qué juegos rodarán por esas calles, qué tiendas llenas de dulces y objetos extraños, quién estará muriendo... Así pasaba horas y horas, mezcla de éxtasis y temor. Cuando salía con mis padres, era distinto. Yo era parte del juego. Y así caminaba, prestando mucha atención a todo lo que veía y oía: letreros, rostros, gestos, gritos, risas...
No preguntaba. Imaginaba. Trataba de comprenderlos con mis pocos elementos de realidad. Eran figuras que yo adhería a mi álbum personal. Los guardaba como un raro tesoro para mis horas de letargo, cuando la tarde caía y la casa se ponía oscura. Mi madre en su máquina de coser, los grillos abriendo sus cantos a la noche. Las noticias del horror llegaban desde lejos. De alguna forma no me tocaban. Yo estaba dentro de mi casa y bajo la mirada de las cosas que yo miraba y soñaba. Era como escuchar rugir un león hambriento detrás de los barrotes de su jaula. Después... Después sería distinto...”
-¿Cuáles fueron sus primeras influencias poéticas y sus primeras lecturas?
“‘Alicia en el país de las maravillas’ y ‘Alicia a través del espejo’ fueron sin duda un cultivo de presencias y grandes hallazgos. Las imágenes, el gusto por la palabra que había en estos autores. El asombro, la paciencia con la que se contemplaba el mundo. La belleza, el silencio, la palabra que nos miraba a los ojos y preguntaba lo esencial, aquello por lo que hubiésemos dado la vida, el horizonte, el tiempo. Y estaba la tensión, esa virtud que tienen las palabras cuando uno recién las descubre. Ese hilo transparente que lo envolvía todo y lo hacía vibrar en el aire”.
-¿Cuáles fueron sus primeras inquietudes poéticas, los primeros temas, las estéticas? ¿Cómo han evolucionado a la actualidad?
“Mis inquietudes han sido esencialmente las mismas desde el comienzo. No obstante han evolucionado, han ganado matices, señales, nuevas preguntas. He tratado, como lo exige Roberto Juarroz, de emprender un camino vertical, una búsqueda que se mueva en lo profundo, en las aguas del lenguaje y del silencio. No sé qué tanto haya logrado, pero la consigna es permanecer, no cerrar los ojos ni el oído. Pero claro, hay ‘temas’ que yo abordé al principio y que quizá hoy hayan sido de algún modo superados. Y es porque para el poeta su entorno, sus circunstancias son definitivas aunque estas no se manifiesten de manera evidente en lo que escribe...
El mundo cerrado de la infancia, el primer asombro, la primera urgencia de nombrar aquello que se ve, el mundo que nos rodea, su maravilla, su espanto. Todo está contenido en el pequeño bestiario de mi primer libro. Los insectos, las lecturas, la ausencia del amor sensual (lo que resulta contrario al común de las personas que se acercan por primera vez a la poesía), el miedo, las preguntas, las no respuestas, el sentirse vivir en un tiempo que no se corresponde con las texturas internas, con la corriente de las imágenes que nos asisten de manera desprevenida, inocente si se quiere”.
-¿Cuándo llegó a usted “la consciencia” de ser una poeta?
“Esa ‘consciencia’ es un fruto difícil. En el momento mismo en el que escribes una palabra tras otra por necesidad, sabes que la vida te ha cambiado. Sabes que no sabes y que por eso mismo tienes que seguir. Sabes que la palabra es el aire en el que te mueves, pero también un peso terrible, una honda responsabilidad. Cada día esa ‘consciencia’ echa raíces más profundas, te conmueve más profundamente, te obliga a estar despierto, te interroga, te sacude. Y aun así, cuán lejos estamos de saber qué cosa es en verdad la poesía. Lo intuimos, pero nadie podría decir la última palabra”.
-¿Cómo se desarrolla la vida habitual de una mujer: la adolescencia, la adultez, el amor, el trabajo, cuando esa mujer es poeta?, ¿cómo “transversaliza” la poesía esa cotidianidad?
“Es simple, en apariencia. Uno vive la vida de todos los días: ama, va al trabajo, se ocupa de las pequeñas cosas de siempre. Pero la poesía, sin duda, va dejando su huella en todo eso. Hay una manera distinta de afrontar el mundo, la realidad. Uno se da cuenta de que, acaso, las cosas sencillas se convierten en grandes retos, o, por el contrario, que la poesía nos reviste de una fortaleza mayor, capaz de asumir todos los riesgos”.
-Además de la inserción a la poesía y la literatura, ¿cómo ve la inserción de las mujeres en la vida intelectual de Medellín?
“Creo que han logrado abrirse camino. Tienen, de alguna forma, lo que han buscado. Y si me excluyo es porque no he jugado en ese bando de segregación. Soy una persona. Alguien que piensa y siente. Como todos. Alguien que hace lo que puede. Como todos. La lucha de sexos no es la mía. Si yo hubiese vivido en el siglo XVI me hubiera comportado de la misma forma. Pero en ese entonces, me dirán, si te hubieses comportado como lo haces ahora, con tus búsquedas y tus sentidos, el fin habría sido otro. No lo dudo, y agradezco que ya no existan las tenazas ni el potro ni la hoguera. Sin embargo, las mujeres de hoy corremos otros riesgos, otros peligros, siendo el mayor de todos olvidar la noche y sus misterios”.
-¿Cómo ve las ganancias sociales, intelectuales, económicas, artísticas de las mujeres en nuestra ciudad?
“Creo, en general, que hay pocas ganancias sociales, intelectuales, económicas y artísticas en nuestra ciudad... Cuando las hay es porque alguien se las ha procurado a pulso, resistiendo. Una golondrina no hace verano, dicen. Falta que creamos más en nuestras posibilidades y que les demos un tratamiento menos superficial, más profundo y riguroso”.
-Existe un “mito” y es que la literatura o poesía de mujeres es principalmente consumida por otras mujeres, ¿te sucede, te preocupa, a qué se lo atribuyes?
“No, no me preocupa, no me sucede, no se lo atribuyo a nada, no creo que suceda. Hay empatías y desencuentros. Como hace siglos en la literatura, en el arte. Es todo. Y es una de las muchas situaciones que no se pueden medir estadísticamente. Tú lo llamas ‘mito’ y es más hermoso. Uno se sentiría tentado a investigar, a mirar con atención este fenómeno. Pero no. Esa idea se ha difundido mediante las estadísticas que tanto y tanto nos gustan. Todo traducido a cifras, a géneros. División. División. División”.
-¿Cree que hay algunas temáticas que se esperan de las mujeres poetas como erotismo e intimismo?
“Sí, creo que hay un prejuicio en la manera de percibir la poesía escrita por mujeres. Y lo hay porque acaso, durante mucho tiempo, estos temas parecían ser la única fibra que las mujeres, tentadas por un raro concepto de delicadeza y de sensualidad, se atrevieron a nombrar. Pero hubo otras que hablaron de lo que tenían en su alma y alrededor de sus cuerpos. Y todavía las recordamos. Creo que quienes esperan esto de la poesía escrita por mujeres esperan mucho menos de la poesía a secas... Hay que revaluar muchas cosas, y casi reinventarlas, como exigía Rimbaud. Particularmente estoy cansada de que reduzcamos la poesía (y la literatura toda) al eje temático, que si bien es importante, no aplica en todos los casos. La poesía es una cuerda invisible que nos sostiene y nos arrebata del suelo sin saber, casi nunca, a qué árbol se encuentra amarrada”.
-¿Cómo sobrevive, cómo vive un escritor en Medellín?
“Como lo hacemos todos, quizá. Se vive y se sobrevive a cada instante. Unos con más dificultades que otros, pero siempre igual, siempre la rueda nos pone arriba y abajo. Creo que vivimos por fatalidad, pero sobrevivimos por convicción, por esa rara conciencia de que una palabra, una idea, un amor dan sentido a lo que hacemos. Vivir y sobrevivir en Medellín, es, como lo dijo Borges, un acto de fe”.
***
Ver: http://www.elmundo.com/portal/cultura/palabra_y_obra/el_mundo_nombrado_por_lucia_estrada.php
lunes, 14 de enero de 2013
jueves, 8 de noviembre de 2012
domingo, 14 de octubre de 2012
Negret o la Imaquinación / Samuel Vásquez
«Ahí dejo estas piedras
que no estaban antes en el mundo»
Oteiza
«… deberían hacer un nuevo arte con
tornillos como ornamento,
cuñas de hierro que sobrepasen la
línea principal,
una especie de bordado gótico en
hierro…
¡Siempre imitaciones! Mejor sería
poner monstruos de hierro sujetos con pernos…
¡Hierro… hierro y más hierro!
Con colores graves como la materia»
Gauguin
Cuando Negret abandona la representación («Cabeza de Cristo», «Vaso con Flor»,
«Nido») y construye sus aparatos y sus máquinas metálicas, empieza uno de
los procesos más interesantes de la escultura contemporánea.
Abandonar la
representación es renunciar desde ya a la admiración que se regala a la
manualidad reproductora por la transubstanciación material que opera: una flor de lápiz, un
rostro de óleo, un dios de mármol.
Representar es mostrar la ausencia de lo representado.
Con la construcción de
sus aparatos y sus máquinas Negret deja la representación como sustitución
menguada de lo real y presenta, crea, añade algo nuevo a lo dado social, algo
que no estaba antes en el mundo. Agrega su metal-huella al universo.
La obra ya no
representa una realidad preexistente al hecho escultórico, sino que la realidad
escultórica se va construyendo a medida que se van estableciendo las relaciones
dialécticas entre las formas y el espacio
para conformar la imagen. Pero Negret no es un escultor compositivo ni
un escultor geométrico en sentido estricto. En el diseño, en el arte geométrico
o arquitectónico de composición, existe una base sistémica: admiten la
existencia de un sistema y parten de allí. En esos casos la originalidad nace de las combinaciones, de
las variables que se logran con unas formas que ya han sido dadas de antemano.
La sistémica desovilla la extensión de la mecánica de las combinatorias, pero
demarca sus propios límites. El artista trabaja así, oteando las fronteras de
sus posibilidades.
La escultura de Negret
no admite la autoridad de sistema alguno
y aglutina toda su fuerza y valor en el propio proceso dialéctico de
realizarse, de hacerse. La unidad de esta escultura no se da, entonces, por
obediencia a unas constantes que impone un sistema preexistente, sino que la
encuentra buscándose. Porque Negret no inventa, crea. Inventar es propio del
ingenio: apoya su actividad en la autoridad del sistema y sólo opta por las
variables que le proporciona. Crear es propio del genio: afirma la propia
autoridad: artesano de utopías, asalta imposibles, funda lo increado.
Negret critica y
elimina el sistema y va a la experiencia directa, es decir, no parte de una
estética a priori: determina sus propios elementos formales y el espacio aquí
no es noción ni concepto, sino experiencia. Es un espacio práctico y el
escultor es sujeto empírico: El espacio es entonces un conjunto de distancias
afectivamente importantes ,
una forma coherente de líneas de deseo, de líneas de fuga, una jerarquía de
importancia entre las cosas amenazantes o deseables, según la inmediatez, la
urgencia, o por el contrario, la lejanía de su amenaza o de su promesa. 1
Los impresionistas a
través de su tratamiento de hacer evidente la pincelada, separándola, y de
mostrar el gesto pictórico, han permitido al arte mirarse a sí mismo como
oficio y encontrar en su factura un valor estético. Valor estético que nos ha
llevado hasta los extremos de las dramáticas interjecciones del Expresionismo
Abstracto, o a las dulces exclamaciones del Impresionismo Abstracto,
o al límite de la teatralidad, al convertir en espacio y acción escénicos, la
tela y el chorreado de Jackson Pollock.
Por
otra parte Cézanne propone extremar la mirada objetiva y geométrica: «Cubos,
cilindros, esferas, conos…». Esta geometrización de la visión nos llevará
hasta un arte donde se aíslan las formas primarias y hace de lo definible,
medible y formulable su único valor. Se adopta, así, un espacio matemático en
donde el sujeto no tiene punto de vista. Es una mirada rigurosa, austera, de
despojo absoluto, pero es una mirada muy poco feliz: allí donde los demás ven
un rostro, ellos ven un círculo.2
Este
mirarse a sí mismo, este autoanálisis, esta disección del arte ha implementado
un gran conocimiento sobre el hacer artístico (nunca antes se habían ensayado
tantos tratados de estética), pero al desarmar la obra en sus elementos
primarios constitutivos (pinceladas, geometría, manchas, etc.) se ha demolido
la imagen. Se desarma el motor y se descubre la belleza de sus elementos, pero
ya no anda, ya no camina. Es notorio que la enseñanza de las artes plásticas
hace énfasis en la importancia de la imagen, mientras la enseñanza del diseño y
la arquitectura hacen énfasis en la devoción a la geometría y a la forma.
La
geometría no es ese esquema intelectual, fosilizado y tieso que nos han
enseñado, sino una disposición de la inteligencia para ocupar, para vivir un espacio que sin una forma
específica se nos vuelve infinito, invivible. Pero la geometría es un medio y no un fin. Es un medio para habitar el espacio: lo otro,
lo factible, lo que otorga posibilidad de forma, de figura, de sitio, de
movimiento.
Y si la extensión es
la característica del espacio, la intensidad es la característica de la
escultura. La geometría en Negret está sometida, es un sustrato compelido a
converger en la imagen. No se muestra como valor en sí, sino como medio para
construir la imagen. La forma geométrica es una prueba: se puede precisar,
medir, demostrar. La imagen es una huella: nos permite soñar. Y sólo a un sueño
debemos fidelidad. Es que en Negret, y es ésta su característica fundamental,
lo que se manifiesta es la IMAGEN, no la forma. Y la imagen no como sustituto
de un objeto, sino la imagen como realidad específica.
La imagen siempre pone
en emergencia la forma. Incluso lo barroco en Negret obra en favor de la imagen
y en detrimento de la forma: hace menos ostensible, menos discernible la forma,
pero completa la imagen. Mientras la forma es un concepto visibilista,
partitivo, atomista, la imagen es en cambio unitaria, totalizadora y ontológica
y deja una impronta más duradera en la experiencia y en la memoria. Por esto muchos recuerdan las imágenes de las
esculturas de Negret aunque no puedan precisar sus formas. La imagen…ese mito
niño.
Esta superioridad de
la imagen sobre la forma está, desde hace mucho, suficientemente demostrada. En
los comienzos del Constructivismo se hizo un dogma del concepto de que
entre más sencillas y homogéneas fueran las formas de las letras más fácil
sería su lectura. Esta idea es falsa porque al leer no leemos letras sino
palabras. Leemos cada palabra como conjunto,
como IMAGEN DE PALABRA. La oftalmología
nos ha enseñado que mientras más difieren unas letras de otras más fácil es la
lectura.
Al abandonar la
representación Negret se dedica a crear «arquitecturas submarinas», «señales
para acuarios», «señales de tráfico», «aparatos mágicos», «brújulas»,
«edificios», «escaleras», «cohetes», «torres», «pilotes», «navegantes»,
«puentes», …MÁQUINAS. En esta escultura sus títulos no obran como tales
sino como nombres y evidencian sus motivaciones. Todas estas obras podemos
agruparlas con el nombre genérico de máquinas.3
Negret crea máquinas.
Y las crea con la misma materia de las
máquinas: metal, tuercas, tornillos…y las pinta con colores brillantes como se
pinta un barco, un automóvil, un helicóptero, una máquina: rojo, negro, blanco,
azul, amarillo. No las pinta, como
piensan algunos críticos, para ocultar el material. Si quisiera ocultarlo
suprimiría las tuercas y los tornillos que lo delatan constantemente.
La
pintura es parte integrante de la función y estética de la máquina: protege el
metal y lo embellece, y le confiere una temperatura precisa
a cada escultura.4 Esta consubstancialidad que se da entre la
escultura de Negret y la máquina no se había dado antes sino en el teatro donde
el actor está hecho de la misma materia
que el personaje. Esto arrastra un
riesgo inminente de naturalismo que Negret ha sabido salvar sabiamente: sus
motivaciones son esenciales. El tiempo y el espacio de su estatua son y están
presentes. Son máquinas pero no se con-funden, no se funden-con la realidad: se
mantienen en la virtualidad, en el estadio del arte.
La
escultura del pasado hizo del cuerpo humano su objeto primordial y su
prolongación contemporánea se da en la
prolongación del cuerpo: la máquina. (La era electrónica producirá, sin duda,
una obra que será prolongación del cerebro). Cierto comportamiento orgánico de
algunas esculturas ha hecho decir que la obra de Negret representa
manifiestamente la naturaleza. Mas, ahí donde ellos ven gusanos yo sigo viendo
máquinas. Como prolongación del cuerpo humano y de sus deseos la máquina
siempre ha tenido comportamientos orgánicos.5 De ahí que sean comunes, por ejemplo, las
relaciones que hace la gente entre el avión y el pájaro. Es que el deseo de
volar encuentra una objetivación y una posibilidad en el pájaro. Por esto mismo
los indígenas norteamericanos llamaban al tren «el caballo de hierro que
fuma».
Si la diferenciación
que alcanza la escultura de Negret le otorga una extrañeza, una distinción
entre los demás objetos (escultóricos ono) subrayando que se ha agregado a lo
dado social una cosa que antes no estaba allí, su organicidad le confiere una
escondida naturalidad que
facilita su coexistencia con lo real preexistente. Es que el artista verdadero
no copia la naturaleza, obra como la naturaleza: «El arte nace en el hombre
como el fruto en el árbol». 6 Así en
Negret.
Su distinción, su naturalidad, su nitidez de imagen, dan a estas esculturas
una poderosa imposición visual, una rotunda capacidad de presencia. Tal como la
bicicleta y el tren hacen parte ya de las «nuevas naturalidades» y, como
estos, conservan la poética de su imagen y sustentan nuestro antiguo asombro.
Podría decirse que han devenido en «figurativas». Lo figurativamente
artístico en la obra de arte no radica en el mayor parecido alcanzado en la
representación de lo real, si no en la potencia de la vivencia de la imagen en
el plano o en el espacio. Un vaso, una silla, un carro, son ya hoy, y
definitivamente, figurativos. Tinguely, desde la otra orilla, señalando con sus
esculturas lo absurdo del productivismo y del utilitarismo de la máquina en la vida moderna, y Negret,
desde acá, presentando la estética de la máquina como la «nueva naturalidad»
del mundo contemporáneo, son las obras más importantes del arte que expresan
esta segunda era de la máquina. Sus
obras no refieren un tiempo histórico ni ficcionado, no hacen crónica ni
cuentan una anécdota ni ilustran una circunstancia, pero participan y señalan
una época que ha producido una inconfundible estética propia: la era de la
máquina. Si una época no logra crear un tipo de imaginación propia, será incomprensible.7
Negret realiza sus
máquinas con la técnica que instrumentaron para sus obras Picasso, Gargallo,
González y los constructivistas. Antes sólo
se utilizaban el modelado y la talla y la escultura era de una sóla pieza, no
tenía uniones. Negret no sólo hereda la
técnica de los constructivistas, hereda también su optimismo. El Constructivismo nace de una concepción y de una visión
optimista: la construcción del nuevo arte, del hombre nuevo, de la nueva
sociedad.8 No pretende
pues testimoniar, decide transformar. Toda construcción conlleva necesariamente
optimismo, y todo optimismo es, a su vez, obligatoriamente alegre. La escultura
de Negret posee el optimismo y la alegría del Constructivismo, pero éste es un optimismo severo y ésta es
una alegría exenta de toda coquetería,
que disgusta a los espíritus trágicos y a los líricos.
Negret, hoy, es un
artista que a pesar de haber conocido la consagración (esa mortaja en vida para
muchos), mantiene todo su vigor creativo y toda la energía y juventud de su
imaginación. Aunque su obra testimonia una gran cultura y un conocimiento de
todas las expresiones dinámicas del espacio,
no las convierte en recetas.
Valery ha dicho de Leonardo da Vinci que un abismo le hacía
pensar en un puente. Negret, en cambio,
ve un puente y crea una escultura, restituyendo el abismo.
____________
1. Hersch.
«L’etre et la
forme»
2. Yo en la flor veo un sol, en el
sol veo un dios.
3. Incluso el «Sol» no es representación
naturalista sino máquina. El «Sol» como
un molino agitado que produce luz, más
parece una rueda Pelton: hace parte de
la mecánica celeste.
4. Estando en Mallorca, Negret ve cómo los
barcos son pintados con colores brillantes y desde entonces involucra el color
en su escultura.
5. Máquina que no tenga comportamiento orgánico no es máquina, es
mueble.
6. Arp.
7. No comparto la cercanía que algunos tratan de establecer entre las
esculturas de Negret y las de Calder, a no ser en el aspecto material: el metal, el
color. Esta falta de rigor conceptual ha llevado a algunos críticos nuestros a
agrupar artistas por los materiales que
usan. ¡Qué tal si agrupáramos a los artistas que emplean óleo sobre tela!
Las formas ameboides que, tomadas de Miró, implementa Calder para
representar su zoológico metálico en láminas planas, distan mucho de las
imágenes barrocas pero nítidas de las máquinas de Negret en láminas curvas y
planas.
8.
Este optimismo se evidencia, así
mismo, en sus obras: el irrealizado monumento a la Tercera
Internacional de Tatlin fue proyectado para que tuviera el doble de la altura
del Empire State de N. Y.
(Taller de Artes de Medellín, 1987)
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