martes, 14 de febrero de 2012

Cuaderno del Ángel / Poemas



Esto es entonces el silencio. Una preparación, un dejar que la vida y la muerte tomen cuerpo en nosotros y nos obliguen a mirarlas de frente, sintiéndolas en cada uno de nuestros miembros como sustancias indivisibles en cuyo centro se descifra la existencia. Todo cuanto conocemos estará ahí, de pie, imposible y transparente. Todo buscará nombrarse y celebrarse en esa región en la que ya no somos uno sino muchos, en la que no habrá un antes ni un después sino la grandeza de un tiempo inabarcable y eterno. "Todo ángel es terrible", nos dice Rilke en el comienzo de su segunda Elegía. ¿Y cómo no aceptar esta afirmación cuando se está frente a una realidad que se levanta por encima de nosotros y nos llama y nos exige una conciencia de totalidad, de absoluto? ¿Una exigencia que promete desbordar nuestros presupuestos, descoyuntar nuestra primera concepción de las cosas, de la naturaleza, del corazón del hombre? ¿Una exigencia que romperá dolorosamente el cuerpo de lo posible para ir tras la sombra de lo imposible?

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Sílaba editores, 2012
Secretaría de Cultura Ciudadana, Alcaldía de Medellín

sábado, 12 de noviembre de 2011

Entrevista a Marta Eloy Cichocka



Hace algunos meses, Marta Eloy Cichocka, poeta, fotógrafa y artista polaca, leyó sus poemas en la Casa Museo Otraparte. Viajera incansable, ella compartió con el público su experiencia con el idioma castellano y su cercanía con la cultura latinoamericana.

Háblanos sobre tu experiencia poética en el contexto literario de Cracovia. ¿Cómo percibes a los poetas polacos contemporáneos? ¿Cuáles de ellos han influido en tu escritura?

Parecen preguntas sencillas y, sobre todo, naturales -y sin embargo debo ser sincera: no sé muy bien cómo responderlas. Es que no me siento pertenecer a ningún contexto literario en particular: ni de Varsovia, que es la capital de mi país, ni de mi Cracovia natal, ni a los círculos de la llamada poesía femenina. Si pudiera elegir un contexto más amplio, sería simplemente el de la generación de los 70, porque creo que compartimos todos las mismas experiencias: la infancia bajo el régimen, la ley marcial, la caída del Muro de Berlín. Pero las conclusiones que sacamos de todo eso ya son muy personales. Además, debo subrayar que tuve la oportunidad de estudiar y de enseñar) fuera de Polonia: pasé casi diez años en Francia y por eso llegué a establecer las relaciones con los círculos literarios de Polonia solamente después de mi regreso y la publicación de mi primer poemario, Wejscie ewakuacyjne (La entrada de emergencia) en 2003. Por eso, los poetas que más influencia tuvieron en mi escritura no son necesariamente polacos ni contemporáneos: Guillaume Apollinaire (1880-1918), Krzysztof Kamil Baczynski (1921-1944), Sylvia Plath (1932-1963) y Stanislaw Baranczak (1946-), gran poeta polaco y traductor del inglés son a quienes más aprecio y admiro. Sin embargo,me marcaron igualmente los poemas verticales del argentino Roberto Juarroz (1925-1995), como la poesía casi desconocida del narrador francés Michel Houellebecq, autor de Las partículas elementales (1998).

¿Podríamos pensar, entonces, que tu experiencia poética -así como la de tu generación- encuentra sus raíces en esa visión plural de las cosas, del mundo que nos rodea, o por el contrario sientes que al estar inmersos en una época en la que las barreras culturales e idiomáticas tienden a desaparecer, los impulsa a buscar en el lenguaje un territorio para la singularidad y la experiencia íntima de lo cotidiano?

No me atrevería a generalizar demasiado acerca de un fenómeno tan efímero como la experiencia poética -en polaco incluso tenemos un dicho: “Poeta sie nie jest, poeta sie bywa”, según el cual uno no “es poeta”, sino solamente “está poeta” de vez en cuando. Por eso, cada respuesta dogmática sería falsa y aproximativa. Y, sin embargo, me parece importante subrayar que la experiencia poética nace, inevitablemente, como consecuencia de otra gran experiencia transformadora: la lectura. En este sentido todos somos lectores que aprenden a escribir, en el contexto estético de nuestra época, con el equipaje de erudición que heredamos de nuestros maestros. El placer de escribir como una prolongación del placer de leer se transforma poco a poco en un deseo de ser leído, muchas veces bastante narcisista y egocéntrico, hay que reconocerlo. Pero al mismo tiempo es un deseo de creación puramente divino: tal como los dioses del Popol Vuh buscaban obstinadamente crear seres que los veneraran y recordarán “sobre la faz de la tierra”, los que escribimos buscamos, conscientemente o no, a ser leídos y recordados por los que nos leen. En este sentido cada experiencia poética repite la ambición divina de crear un universo (del poema) poblado por sus habitantes (los lectores). Por otra parte, suscribo totalmente a las teorías según las cuales la poesía, como la música, permite lograr espacios de lo inefable -pero eso ya es otro tema, además muy difícil de comentar con las palabras.

¿Crees que nos encontramos frente a una nueva crisis del lenguaje poético? Y si fuese así ¿cuáles son esas señales y de qué modo, según tu experiencia, debemos asumir ese compromiso de renovación?

Desde que el siglo XIX impuso a los artistas una exigencia de originalidad, cada generación se siente, primero, obligada a rebelarse contra la precedente -y más tarde atraída, inevitablemente, a las anteriores (sabiendo que en aquel momento ya se le acerca otra generación más joven y agresiva). No creo que seamos capaces actualmente de una revolución estética tan radical como en la primera mitad del siglo XX, cuando los sucesivos “-ismos” realmente reinventaban y redefinían el mundo. Lo que ahora se está redefiniendo -es el mercado y el público. Hay festivales, premios, lecturas públicas-, pero también cada vez más páginas web, comunidades virtuales, blogs poéticos. La ciberliteratura es un hecho, aunque ocupa un espacio virtual. En la internet todos los textos están al alcance de la mano: ahora escribir es leer, reciclar, citar o autocitarse, escribir en palimpsesto. Por eso creo que el lenguaje poético necesita una nueva crisis a diario -como el oxígeno.
La palabra “crisis” en griego significa “proceso”, “cambio”, “puesta en cuestión, “replanteamiento” -interesante, ¿verdad?-. Una crisis no tiene que ser una amenaza. Y creo que el estado actual de las cosas no favorece una plácida contemplación de las figuras retóricas en filigrana. Vivimos tiempos interesantes, los cambios son tan rápidos como inesperados, el lenguaje poético que sea vivo debe renovarse con cada poema.

Cada poeta tiene una forma distinta de acercarse a su escritura. ¿Cuál sería tu “Ars poética”?

Si tuviera que resumir mi “Ars poética”, diría que suscribo plenamente a esa visión donde el “daimonion” toma las riendas de la inspiración: su voz interior nos advierte cuando cometemos errores pero nunca nos ofrece soluciones definitivas. Por eso, por una parte, acepto los más inesperados regalos de la inspiración y voy anotando versos en hojas sueltas (que muchas veces se me pierden), pero por otra parte suelo escribir con parsimonia y dejo mis esbozos poéticos madurar meses (o años) antes de dejarles encontrar a sus lectores. Y a sus traductores. Además, como en el fondo me interesa tanto el lenguaje y las bases mismas de la comunicación poética, mis poemas resultan a veces difícilmente traducibles. ¡Debo aquí dar las gracias a José Mohedano Barceló, Abel Murcia y Carmen Ruiz de Apodaca por haber tratado esos textos con tanta paciencia!

¿Crees que la poesía debe tener un “compromiso” más allá de su propio lenguaje, de su “daimonion”, de su rigor ético y estético, de su condición de palabra única que abra otras realidades y nos permita ver, entender, acceder a una conciencia más profunda de las cosas?

El poeta mexicano Javier Sicilia acaba de darnos una muestra de cómo se puede asumir una posición política siendo poeta -y padre-. Sesenta años antes, en Washington D.C., un poeta polaco exiliado (Czeslaw Milosz) escribía esas palabras muy duras que intenté traducir con apoyo de Juan Manuel Roca:

Tú que hiciste daño a un hombre sencillo (...)
No te creas a salvo. El poeta no olvida.
Puedes matarlo -otro nacerá.
Se registrarán sucesos y conversaciones.
Más te convendría un amanecer en invierno,
y un lazo, y una rama caída bajo el peso.

En el mundo actual la poesía puede asumir una posición política -o sea, activa y lúcida- también frente al consumismo, el machismo, la violencia conyugal, la desigualdad de los sueldos entre ambos sexos, el aborto tratado como una solución del “problema” sin tomar en cuenta la salud de las mujeres, la inmigración que lleva a la esclavitud, el tráfico de órganos, el analfabetismo político de los ciudadanos... Y sin embargo, no hay que olvidar que la recepción de cada texto poético depende tanto de las intenciones del autor, como de su lector y del uso que se le reservará en el presente -y en el futuro-.

Dinos cómo enriquece tu experiencia poética el ejercicio artístico, el dibujo, la fotografía.

Gracias por esta pregunta, tal vez la más íntima de todas. Recuerdo dibujar desde muy pequeña; recibí mi primera cámara fotográfica a los ocho años; escribí mi primer poema a los diez. Han sido, en mi caso, ejercicios paralelos y bastante complementarios. Dibujé para liberar la energía, tomé fotos para conjurar un instante, escribí para alejarme de mí misma. En algún momento tuve que tomar una serie de decisiones: por una parte, en el mundo actual, tanto las artes gráficas como la fotografía ofrecen muchas más oportunidades de ganarse la vida que la poesía; por otra parte, exigen también un esfuerzo considerable,una adquisición
de cierto material o ciertas técnicas. Abandoné muy pronto la idea de estudiar el arte, la pintura o la fotografía: en cambio, llevo unos diez años trabajando de periodista especializada en la fotografía contemporánea. No soy fotógrafa profesional, pero he tenido un montón de exposiciones, he realizado una serie de retratos de los autores polacos y he vendido mis fotos a varias editoriales. Sin embargo, como no tengo que ganar mi vida vendiendo las fotos, eso me da más libertad. Suelo publicarlas en la Internet, en ww.eloyexpress.blogspot.com y en www.zoomwzoom.blogspot.com -considero cada fotoblog como una suerte de diario de un alter ego. O como el esbozo de un libro por publicar.

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Marta Eloy Cichocka (Cracovia, 1973)es poeta, traductora y fotógrafa, periodista e investigadora con el título de doctora otorgado por la Universidad de París VIII; enseña literatura española e hispanoamericana en Cracovia y en Varsovia. Es autora de dos libros de fotografías y textos poéticos: Wejscie ewakuacyjne (Entrada de emergencia)y Lego dla ego (Lego para el ego); y de una publicación teórica: Entre la nouvelle histoire et le nouveau roman historique. Ganó el Concurso nacional de Poesía Halina Poswiatowska (2004).

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(Publicada en Generación de El Colombiano de Medellín, Colombia, el 30 de octubre de 2011)

viernes, 8 de julio de 2011

Hildegard von Bingen : "O dulcis Divinitas"



El ángel va a desaparecer. Entre las ramas, es casi una corteza. Sólo escucho su canto, no puedo distinguirlo. Toma la belleza de la hoja, la libélula. Me señala con el viento un punto en el que debo concentrarme. Sí, allí está con todo su brillo. Algo me enseña. En poco tiempo, podría dibujar la perfección del mundo, un siglo, lo que el dios de la montaña.

¿Y después?

Un cielo cae del árbol cubierto de hormigas. El ángel transformado, su belleza roedora, el más antiguo. También en él hay un mapa, la misma escritura pero en otro tiempo, el mensajero de la aurora en los jardines de la noche, la misma luz pero en los ojos de la muerte. —¿Nada ha cambiado entonces?—No, es el mismo rostro, el gusano que antes era estrella, una misma voz en ambas bocas. Nada ha cambiado. Salvo el momento de mirar y de comprender.

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MAIASTRA, III
2004

jueves, 5 de mayo de 2011

Fragmentos



- “ Entre todos escribieron el Libro, Rimbaud / pintó el zumbido de las vocales, ¡ninguno / supo lo que el Cristo / dibujó esa vez en la arena!, Lautréamont / aulló largo, Kafka / ardió como una pira con sus papeles: - Lo / que es del fuego al fuego; Vallejo / no murió, el barranco / estaba lleno de él como el Tao/ lleno de luciérnagas; otros / fueron invisibles; Shakespeare / montó el espectáculo con diez mil / mariposas; el que pasó ahora por el jardín hablando / solo, ése era Pound discutiendo un ideograma / con los ángeles, Chaplin / filmando a Nietzsche; de España / vino con noche oscura San Juan / por el éter, Goya, / Picasso / vestido de payaso, Kavafis/ de Alejandría; otros durmieron / como Heráclito echados al sol roncando / desde las raíces , Sade, Bataille, /Breton mismo; Swedenborg, Artaud, / Hölderlin saludaron con / tristeza al público antes / del concierto: / ¿qué hizo ahí Celan sangrando/ a esa hora / contra los vidrios?” – CONCIERTO- Gonzalo Rojas

- “ Nunca seremos / lo que momentáneamente fuimos / pero es un triunfo / esta pérdida constante. / Lo que se salva es únicamente / el silencio de una hoja; / el cuerpo anochece / parejo con el día 7 hasta el inesperado resplandor / de la noche negra. / Fragmentos de vida / reemplazan los colores / en pequeñas descripciones / de un sueño / pasturajes reemplazan / penumbras de luz / sobre la piel efímera. / Cegada por tanta negrura / yo andaba buscando un dios / y se me dio sólo un dedo / para arañarme yo misma; / ahora triunfo / en mis más ocultas partes / donde la idea / se concibe: aquí/ comprendí finalmente / que yo seré la primera en partir.” EL TRIUNFO DE LA PÉRDIDA CONSTANTE – Katerina Anghelaki-Rooke

- “ La incertidumbre de hacer un poema no es porque no haya lectores / o amantes de la poesía / ni porque no queden almas sensibles sobre el mundo // Tampoco porque a veces se derrumbe en nosotros con el escenario parte de la iluminación 7 Ni porque en el fondo hacer un poema sea el acto menos afortunado / entre los muchos que la técnica tiene por estúpidos // La incertidumbre de hacer un poema parte del mismo poema / que finalmente ignora su papel como poema / y desea con fervor parecerse a una piedra / o ala arena / o al agua / O mejor Ser la piedra / la arena / y el agua / que todo poeta desdice.” LA INCERTIDUMBRE DE HACER UN POEMA – Gustavo Pereira

- “ Soy un albañil, un sacerdote del polvo / fuerte como un monstruo, como la corteza del pan / soy un nenúfar, soy un guerrero de los árboles sagrados / de los sagrados sueños, grito con los ángeles // soy un castillo, una pared muerta / conduzco naves, soy un barquero para los viajeros / ¡Oh madera! ¡madera! / garzas, venid, sangre // venid, jardineros; luz, ilumina / ven, mano extendida, cristal / azules remolinos, ven, tersura / viento que deslizas seres de otros campos // aquí los prados están quemados, la lava bulle / los pastores esperan, agitando sus alas impacientes / los perros olfatean, los ovejeros, / aquí se yergue la memoria, el orden, los signos del porvenir.” SOY UN ALBAÑIL – Tomaz Salamun

- “ Ahora / en los dedos / se recoge la sangre // de la primera falange / se retira // la sangre / es la que toca / sin ella el tacto se aduerme // el tacto / va en la sangre / ella lo arrulla / la sangre es la nana / del tacto / le canta canciones de sueño / y lo enardece // la sangre se contiene / en flujo y reflujo / sin un cuchillo / que abra // la sangre también asiste / al pensamiento // la sangre piensa en sí.” LA SANGRE – Javier Naranjo

- “ ¿Quién eres tú, misteriosa / paloma vegetal de las aguas / perfumada estrella viviente? / -Cuando alza el azafrán como un monarca / su morada corona / y hace brillar su pistilo escarlata / del color de unos labios diciendo: “ cosechadme” / y las lentejas de agua / y las castañas de agua / abren sus verdes ojos y pasean por el lago / yo lanzo mis raíces / a las profundidades / navego / por debajo / en un viaje de muerte / como el amor terrible / atravieso el olvido / y llego hasta la tierra sub-acuática / como a un palacio negro / y allí entro / sombrío, soberano / a comenzar mi historia / y entonces / vivo contra las aguas / desde la tierra al cielo / como el amor real / y majestuoso / subo / de la savia a la flor / y entonces soy / corazón blanco en las manos del río / soy nube anclada / de salvajes raíces / soy el suave / cordero / de las lagunas: la rosa de Siddhartha.” – EN LA INDIA (LOTO)- Blanca Andreu

-¿Es este el mar que arrastra por los campos / que rodea los muros y las torres, / que levanta manos como olas / para avistar de lejos su presa o su diosa? / ¿Es este el mar que tímida, amorosamente / se pierde por callejones y plazuelas, / que invade jardines y lame pieles / y labios de estatuas rotas, caídas? / No se oye otro rumor que el borbotón / del agua deslizándose por sótanos/ y alcantarillas, llevando levemente / en peso hojas, pétalos, insectos? / ¿Qué busca el mar en la ciudad desierta, / abandonada aun por gatos y perros, / acalladas todas sus fuentes, / mudos los tenues campanarios? / La ronda inevitable prosigue / el mar enarca el lomo y repite / su canción, emisario de la vida / devorando todo lo muerto y putrefacto. / El mar, el tierno mar, el mar de los orígenes, / recomienza el trabajo viejo: limpiar los estragos del mundo / cubrirlo todo con una rosa dura y viva.” EL MAR EN LA CIUDAD- Emilio Adolfo Westphalen

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(Tomado de Prometeo, nro. 45-46)

sábado, 13 de noviembre de 2010

Rilke o la pregunta por el ángel



¿Quién, de yo gritar, me oiría desde las jerarquías de los ángeles?
Rilke – Elegías del Duino

Que Rainer Marie Rilke sea uno de los más grandes referentes de la poesía del siglo XX no puede soslayarse, y es uno de los motivos por los que me regocijé al saber que la Editorial Universidad de Antioquia aceptaba la propuesta de Jorge Mario Mejía de incluir en su hermosa colección Biblioteca Clásica para Jóvenes Lectores, su traducción de las Elegías del Duino.

No podría continuar esta nota, sin referirme a lo que la lectura de Rilke, de sus Cartas a un joven poeta, significó en la primera etapa de mi escritura, cuando yo tenía 17 años. Como seguramente a todos los que asumimos el misterio de la palabra como fundamento de un destino que no sabemos a dónde conduce pero que se revela como sentido último de lo que somos, me vi enfrentada a la pregunta clave de ¿para qué o para quién escribimos?, situación que viene casi siempre acompañada de un inevitable y sordo silencio. “Usted es tan joven, está tan antes de todo comienzo, que yo querría rogarle lo mejor que sepa, (…), que tenga paciencia con todo lo que no está resuelto en su corazón y que intente amar las preguntas mismas como cuartos cerrados y libros escritos en un idioma muy extraño”. ¿Qué hacer, pues, frente a una respuesta tan sugerente y que en lugar de ofrecer algún consuelo se nos muestra en todo su esplendor como exigencia máxima de la poesía? “Pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir? Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si esta hubiere de ser asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y un testimonio de ese impulso”. Ahora vuelvo a ese instante de absoluta maravilla en el que abracé esta pregunta por el ángel y decidí continuar tras su inasible presencia. Sin estos duros, cercanos y generosos cuestionamientos de Rilke, seguramente no habría escrito nada.

Por todo esto, cada vez que regreso a esa presencia tutelar que para mí es la poesía rilkeana, no dejo de conmoverme y agradecer, como lo hago hoy, el milagro de permanecer, gracias a esa voz que resuena entrañable, firme en el ejercicio de la palabra y el ritmo que la sostiene, no porque esté convencida de su trascendentalidad, sino porque recrea en mí el pulso mismo de la vida que le da origen.

Comprenderán entonces de qué gozosa manera emprendo esta relectura de las Elegías del Duino. Cómo se realiza o se reencuentra en mí la epifanía intacta de esta pregunta por el ángel, esa manera de invocarlo, de romper los límites del propio silencio para llamarlo a nuestra mesa y mirarlo al rostro sabiendo que ello implica el mayor de los riesgos, el de caer fulminados antes de poder pronunciar la primera palabra. Y es que Rilke nos descubre el símbolo del ángel como asunción de la totalidad, como inminencia de lo abierto, como conciencia máxima de todas las cosas, del mundo, sin desdeñar una sola de sus partes. Tal vez por esta razón, Las Elegías fueron la búsqueda más ambiciosa y temeraria de todas cuantas emprendió Rilke en su obra. Recordemos que transcurrieron diez años entre la primera línea y la última sin que en ellas el paso del tiempo, tal como lo concebimos, cortara el ritmo de esta majestuosa sinfonía metafísica, íntima, intensa y ascendente.

Como bien lo señala Jorge Mario en su prólogo, uno se pregunta de qué esterilidad se quejaba Rilke en sus cartas. Nunca la hubo. Sólo que el ángel, ese anhelo de abrir los ojos y mantenerlos así sobre el mundo, estaba preparando su manifestación en el alma del poeta. Esto es entonces el silencio. Una preparación, un dejar que la vida y la muerte tomen cuerpo en nosotros y nos obliguen a mirarlas de frente, sintiéndolas en cada uno de nuestros miembros como sustancias indivisibles en cuyo centro se descifra la existencia. Todo cuanto conocemos estará ahí, de pie, imposible y transparente. Todo buscará nombrarse y celebrarse en esa región en la que ya no somos uno sino muchos, en la que no habrá un antes ni un después sino la grandeza de un tiempo inabarcable y eterno. “Todo ángel es terrible”, nos dice Rilke en el comienzo de su segunda Elegía. ¿Y cómo no aceptar esta afirmación cuando se está frente a una realidad que se levanta muy por encima de nosotros y nos llama y nos exige una conciencia de totalidad, de absoluto? ¿Una exigencia que promete desbordar nuestros presupuestos, descoyuntar nuestra primera concepción de las cosas, de la naturaleza, del corazón del hombre? ¿Una exigencia que romperá dolorosamente el cuerpo de lo posible para ir tras la sombra de lo imposible? Una de las virtudes del prólogo de Jorge Mario Mejía es que nos muestra, esclarecedoramente, como va operándose esta transformación en la vida de Rilke. De qué manera sus obras anteriores, el Libro de las horas, los Nuevos poemas y los Apuntes de Malte Lourids Brigge (incluso los Sonetos a Orfeo, escritos en un intervalo antes de concluir las Elegías) son como peldaños en esa ascensión, que es al mismo tiempo regreso a las profundidades del ser: “Tengo un interior que ignoraba. Ahora todo se dirige a él. No sé lo que allí ocurre”.

Con este ascenso-descenso, Rilke se convierte en un paradigma de lo que la escritura asumida como riesgo, como destino insoslayable, como aventura del espíritu, reclama en nosotros. De qué manera el poeta debe volver sobre sus propios pasos para cruzar por fin el umbral de un conocimiento puro y primordial de la existencia que quiere celebrar en el poema. Porque la celebración no es otra cosa que la vigilia y el asombro frente a lo que está llamado a nombrar. En este orden de ideas, nada le es ajeno, ni siquiera aquello que aparentemente le niega esta posibilidad. Y es por esto, como bien lo apunta Jorge Mario, por lo que la interioridad a la que atiende Rilke no es otra que aquella “que se descubre al dejar entrar una realidad que desborda la formación de la mirada”. Aprehender el mundo y dejarlo suceder dentro de nosotros, asumirlo como expansión, como apertura infinita, es, acaso, una de las grandes motivaciones de las Elegías.

Es ahora, a la luz de estas consideraciones, cuando comprendo mejor aquellas palabras dirigidas por Rilke al joven destinatario de sus cartas en las que nos revela la necesidad del silencio, esa aparente sequía en la que nos sentimos tan abrumados. Rilke mismo tuvo que padecer este sentimiento para entender que la poesía es un tránsito, un resquebrajamiento de la corteza interior que le dará paso a la presencia devastadora pero al mismo tiempo maravillosa del ángel, de lo abierto como experiencia de lo absoluto, de la verdad, de la luz última del ser en su esplendor inabarcable, como tantas veces lo señala en esta obra.

Con acierto, Jorge Mario Mejía nos presenta un Rilke hecho campo de batalla donde conviven la perentoria necesidad de escribir, de dar cuenta de su paso por el mundo y la conciencia de que ese mundo, visto a través de los ojos del ángel, puede sobrepasarlo, desbordarlo.

Un anhelo de plenitud, de conciencia extrema, de vigilia permanente y por qué no, de inocencia, de volver los ojos al mundo circundante como queriéndolo incorporar a nuestra existencia, a nuestro ser más íntimo, es lo que reclama Rilke en esta primera Elegía. En ella están bellamente enunciados todos los grandes temas que el poeta invocará, una y otra vez, a lo largo de sus poemas: el ángel como presencia consumada, como mirada desvelada, herida de plenitud que vuelve a descubrir el rostro primordial de las cosas; presencia como extensión no escindida del neuma universal; poderosa belleza a la que por fuerza se encaminan todas nuestras aspiraciones: el amor, misterio ineludible al que debemos acceder entendiéndolo como paradigma de lo real; la vida y la muerte como sustancias gemelas que se precipitan y se yerguen conciliadoras en la corriente del tiempo; la necesidad de acercarse a la naturaleza y escuchar sus voces sin separarlas de su corriente primigenia, única, indivisible, y la palabra, ese espejo imposible en el que Rilke espera recuperar la imagen última de todo cuanto yace fragmentado a nuestro alrededor.

Y es que ningún otro fin tiene la poesía. Nombrarlo todo en el límite del lenguaje, asumiendo los riesgos y la resistencia que esto conlleva, hasta que se nos revele su esencia, hasta que desaparezcan los altos muros que nos separan del corazón de las cosas. “Somos las abejas de lo invisible”, apunta Rilke en uno de sus poemas. Lo invisible, es decir, lo que no se nos ha revelado todavía, pero cuya latencia acecha en nosotros mismos. ¿Es entonces el ángel rilkeano el fin supremo de la poesía? Por lo entrevisto aquí ese ángel, según Rilke, es “aquella criatura en la que aparece ya consumada la transformación de lo visible en lo invisible que nosotros cumplimos”.

Como en toda auténtica poesía, en las Elegías del Duino, en otros poemas de Rilke y aun en la prosa iluminada por la urgencia poética, en sus cartas y en sus apuntes, vuelve a nosotros la certidumbre de una carencia que debe ser superada a través del lenguaje, o del silencio y la soledad a los que muchas veces se ve confinado el poeta. Silencio del hombre que anhela la palabra como prueba de su existencia, soledad fecunda del hombre que sabe que su búsqueda no admite lámpara ni compañía que no acudan desde la verdad de su propia experiencia. El milagro de lo invisible restituido a la esencia del mundo sólo se alzará ante él en la intimidad de su corazón, y este hallazgo será intraducible a oídos ajenos, incomunicable.

Si alguna convicción me asiste en este incierto destino de sombras inasibles y espejos es que Rilke será uno de esos poetas a los que siempre volveré agradecida, pues encarnó como pocos la profundidad y el misterio de la escritura. Porque arrostró el riesgo de inclinarse sobre sus palabras y abrir su corazón a sus grandes cuestionamientos y revelaciones, llevándolas hasta su más alta exigencia.

Desde que leí a Rilke por primera vez y hasta el día de hoy, no he dejado de plantearme la poesía como un llamado, como una invitación a permanecer vigilante, atenta a todo cuanto sucede dentro y fuera de mí. Y dicho esto, viene el temor de no cumplir con mi parte, de no acertar en su momento frente al infinito despliegue de puertas que deben abrirse y de cuyas cerraduras la poesía es la llave maestra. Temo que mis pies no resistan la exigencia de los Umbrales “pues lo bello no es más que el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar, y tanto lo admiramos porque impasible desdeña destruirnos”. Temo, pues, que mis palabras no logren atravesar las fronteras de su propio silencio. Sin embargo, hay en mí una certeza, una sola: la certeza de que mis manos nunca entregarán la Llave al abismo de no continuar. Porque la poesía nos exige una voluntad de ser verdaderamente en cada una de las horas de nuestra existencia, incluso en las de mayor dolor y desesperanza. Porque no es un juego de luces, ni un pasatiempo, ni un lenitivo al momento de sentir lo vertiginoso de la vida, de nuestro estar vivos. Al contrario, la poesía nos entrega una visión descarnada y total de las cosas, una visión completa, con sus regiones de luz y sombra, con sus imágenes de destrucción y renacimiento, con sus pequeñas, grandes muertes y sus ciclos infinitos. “Sí, las primaveras sin duda necesitaban de ti. Algunas estrellas confiaban en que percibieras su rastro. Una ola de lo pretérito encrespada se acercaba, o cuando pasabas de largo ante aquella ventana abierta un violín se te daba”.

Enfrentar nuestro destino, resistir de cara al ángel, permitir que despierte definitivamente en nosotros aquello que intuimos. Pero Rilke sabe que esta dura empresa requiere de nosotros casi la condición de héroes. Sabe que para que esto suceda es necesario un desprendimiento, una ruptura violenta con aquello que nos distrae y roba nuestro impulso.

Y para acercar más a nosotros esta noción de abandono, de abrir la carne y los sentidos a la experiencia de lo invisible, de lo esencial, introduce en sus Elegías la presencia de los amantes: “¿No es tiempo de que al amar nos liberemos de lo amado y estremecidos resistamos: como la flecha resiste el anhelo de la cuerda, para, recogida en el arrojo, ser más que ella misma?”. Y detrás de los amantes viene también el motivo de la muerte, el cual logra acercarnos como una de las etapas que el hombre debe comprender para llegar al ángel, es decir a la totalidad del sentido único de la existencia: “Cierto, es extraño no habitar más la tierra, dejar de practicar costumbres aprendidas, no dar la significación del humano porvenir a las rosas, y a otras cosas especialmente prometedoras; lo que uno fue en manos infinitamente angustiadas, no serlo más, y aun el propio nombre como a juguete roto hacerlo a un lado. Extraño, no seguir deseando los deseos. Extraño, ver flotar tan suelto en el espacio todo aquello que guardaba relación. Y el estar muerto es penoso y lleno de aprendizaje para percibir poco a poco un rastro de eternidad. –Pero los vivientes cometen todos el error de diferenciar con excesiva contundencia. Los ángeles (se dice) no sabrían a menudo si van por entre vivos o por entre muertos. La corriente eterna arrastra siempre consigo todas las edades a través de ambos reinos y en ambos las acalla”.

Si bien a lo largo de sus diez Elegías Rilke nos insta a la transformación de lo visible en lo invisible, a renunciar al fragmento para acceder a la totalidad, a suprimir la mirada miope y cerrada para disponernos a lo abierto, a la máxima comprensión del mundo que nos habita y que habitamos, no se aparta jamás de la conciencia de que sólo entregándose a la contemplación y a la celebración de lo corpóreo, de lo terreno, de ese “mundo interpretado” podremos cumplir la misión a la que el poeta se ve avocado por el ángel. Ardua tarea que le llevará tiempo, el tiempo de su escritura, el tiempo de su silencio. No por otra razón Rilke nos habla de permanecer por duro y terrible que sea este tránsito. Resistir.

Y porque la poesía nunca es totalmente nuestra, nos acompaña un instante que permanece como eterno. Se deja entrever, y en cada poema escrito nos sugiere las líneas de un territorio, de un estado primigenio que debemos reconquistar. Cuando se publica un libro, va en él un fragmento de nuestra búsqueda, un pedazo frágil de nuestro deseo, la posibilidad de que tu mirada pueda ampliarse en otros ojos, en la escritura silenciosa de otro tiempo que también es el tuyo. Y ese poema, ese libro, ese fragmento de visión, vuelve siempre a nosotros transformado, más libre o más oscuro, pero con las huellas de otras voces grabadas en su corteza. Es la sombra de tu mano multiplicada que sin embargo no te pertenece.

Saber que no se alcanza, que la escalera es infinita, que se multiplican sus peldaños cada vez más en la medida en que ascendemos. Que no bastan todos los lenguajes, que la voz suele traicionarse, que desconocemos el timbre, la modulación inicial. Podría pensarse que el oficio del poeta termina en la página, en los libros, en la copa oxidada del verso, en la escritura. Pero ¿qué hace a ciertas horas mirándose fijamente, como si contemplara un sol desconocido y lejano? ¿Qué hace al filo de su noche intentando cruzar un espejo roto? Nadie que no haya experimentado en la oscuridad de su cuerpo, en la frágil corriente de su sangre, en los laboratorios subterráneos de su alma el peso sin fin de la poesía, sus espadas, su exigencia implacable, podría saber. Todo auténtico poeta deja al escribir, del lado de lo oscuro, la mejor parte, no porque quiera hacerlo sino por la imposibilidad de que la visión permanezca intacta. No hay lenguaje poético que no sea ruptura; no hay palabra que no traiga consigo la muerte por inanición. Sin embargo, y esto también lo sabe el poeta, es preciso merecer el silencio a través de la imperfección de la palabra, del lenguaje como piedra ritual donde vienen a caer fragmentados los vestigios de un sueño mayor. Es con esta mínima parte con la que el poeta debe luchar siempre. Ese “ángel terrible” cuyo rostro debemos encontrar entre las ruinas de lo que una vez fuimos y cuyo gesto se perfila a cada instante sin que se nos otorgue plenamente. Siempre a la búsqueda, siempre, sabiendo que la verdad y la belleza son incomunicables, inaudibles, invisibles e impronunciables. Es preciso mantenerse fiel, sin embargo, a esta precariedad, porque es en la medida en que el poeta permanezca, como el árbol imperfecto dará su fruto definitivo. ¿Quién puede saltarse, omitir o ignorar una sola de sus ramas? El secreto es la contemplación, mirar fijamente lo deforme de la piedra hasta que no necesitemos más la palabra piedra y seamos ella misma. Entonces sí habremos alcanzado, entonces sí estaremos de regreso. La poesía es el conocimiento esencial y puede prescindir de todo lenguaje, incluso de los poetas que todavía necesitamos de las palabras. La poesía simplemente abre los ojos y nos enseña lo que tenemos pero también lo que no tenemos. Ella se ha entregado pocas veces y se ha entregado a quienes pronunciaron su sílaba en silencio y trazaron su misterio en el aire o en el polvo. Los demás – y todo poeta está llamado a este deber- reconocemos lo exiguo de nuestras ceremonias nocturnas, lo innombrable del prodigio al que nos convocan, teniendo como única certeza nuestra misión de estar atentos a cada señal de la poesía.

Para dar cuenta de cuán próximo ha estado Rilke en mi propia experiencia poética, transcribo el texto que abre mi más reciente libro, y cuya intención era, precisamente, rendirle un discreto homenaje a esta conciencia exaltada de la poesía que ha sido Rainer María Rilke:

EL AIRE SE ABRIÓ LENTAMENTE con el sonido de las campanas, y en los cuartos,
cada cosa ocupó su lugar y su nombre.
Todo era posible bajo esa luz de invierno en la que señalaste un jardín cerrado,
un estanque vacío esperando por mis ojos. Era preciso
mirarlo con atención antes de que se diluyera en la sombra.
Estábamos inmersos en el paisaje, y las voces del jardín venían desde adentro,
y las formas encontraban entre sí su correspondencia.
Algo dijiste del vacío, y a lo lejos,
la fuente brilló en su penumbra.
Esto es lo que soñamos. Hundirnos en la transparencia
y en el movimiento de la luz. Ella recorre paciente lo que para nosotros
ha perdido su misterio. Aquí están todas las cosas recién descubiertas.
Puedo escuchar el rumor de las puertas que se abren
para conducirnos a otro silencio, y cómo cavamos en él
aunque las cuerdas de la voz se hayan debilitado.
El estanque se cubrirá de agua. Puedo presentirla.
Es oscura y asciende hasta tus ojos llenándote de extrañeza.
Pero delante de ti, nada perderá su claridad.
Deja que tu corazón entable cercanía con la muerte,
que allí también encontrarás presencias luminosas.
Será entonces como si nunca
te hubieras apartado del camino: “El resistir lo es todo”.
***

(Envigado, noviembre de 2010)

***

(Variación del texto leído en la presentación de las Elegías del Duino, Editorial Universidad de Antioquia, en traducción de Jorge Mario Mejía, nov 3 de 2010)

jueves, 26 de agosto de 2010

La noche en el espejo



Todo lo real está del lado de la sombra

Lucía Estrada acaba de recibir la edición de su libro más reciente, La noche en el espejo, como parte del premio de poesía Ciudad de Bogotá 2009, volumen presentado en la última feria del libro por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, organizadora del concurso. El jurado presidido por la poeta Maruja Vieira, destacó: "En La noche en el espejo se puede palpar la levedad. Es una obra filosófica muy conectada con el silencio. Se trata de poemas que tienen hondura, que han sido depurados. El autor(a) utiliza un lenguaje abigarrado y un tono interrogativo, armónico y misterioso, realmente poético, con metáforas eficaces y corrección idiomática absoluta. Llama la atención su dominio del lenguaje poético y en especial su ritmo, que no decae". (Contracarátula).

La noche en el espejo recoge 44 textos que en realidad, podríamos decir, conforman un solo, largo y sostenido poema donde se advierte una sutil cohesión íntima desde el rigor y la penetración del lenguaje, hasta la amalgama simbólica que la continua sucesión de imágenes convoca.

Será nuestra la vida en el temblor de una palabra,
la que se aferró a la piedra como si se tratara de un cuerpo infinito,
la que avanzó en su noche contra todos los pronósticos sin volver la mirada,
sin sentir compasión por lo que dejaba atrás. Ella,
la que arrojó el corazón a una jauría de perros hambrientos,
la que cruzó el cerco de sus propios límites con la cabeza en alto,
la que ahora espera -sin tiempo- a que alguien diga su nombre
cuando todas las bocas han sido sepultadas
.

(Pág. 13)

A lo largo de sus libros publicados, desde Fuegos nocturnos (1997), Noche líquida (1999), Maiastra (2004), pasando por Las hijas del espino (2006) hasta los poemas presentes, es precisamente la noche el motivo esencial que obsede la escritura poética de Lucía. La noche como realidad última y original, la noche como enigma, como secreto, como intimidad y espacio de relaciones y revelaciones de lo maravilloso pero también de lo terrible, de lo abismal, de lo incomunicable, ante lo cual, el poeta debe permanecer vigilante, es decir, siempre despierto para no sucumbir:

Nos dieron el revés de las cosas
nos obligaron a permanecer despiertos
en el último cuarto de la estancia.

Sin puertas aparentes, sin cerrojo,
salvo los cuervos, allá afuera,
esperando por nuestra vigilia.

Hemos pasado ya tantas lunas entre los muertos
que nada puede resultarnos distante.

Todo lo real está del lado de la sombra
.

(Pág. 29)

Porque es dentro de la tradición hermética de la poesía como conciencia del lenguaje donde Lucía Estrada ha querido orientarse decidamente desde el comienzo de su quehacer: Aloysius Bertrand, Baudelaire, Rimbaud, Rilke, Celan, Djuna Barnes, Silvia Plath, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Eunice Odio, Marosa Di Giorgio entre otros, están presentes en su escritura como voces tutelares. Son ellas las que dentro de su espíritu resuenan constantemente como un coro catedralicio de estelares dimensiones al que ella misma auna su propio canto. En Colombia, poetas de su misma entraña la han reconocido con generosidad: Juan Manuel Roca, Rómulo Bustos, Santiago Mutis, Samuel Vásquez, Raúl Henao, para mencionar sólo a los más cercanos. Esta búsqueda no ha sido fácil de aceptar para muchos de sus contemporáneos que no entienden cómo una mujer joven de nuestro tiempo propone y opone ante la cotidianidad, ante el exteriorismo anecdótico obligado por la inmediatez de la existencia, una palabra tejida desde el misterio y la profundidad, una visión mediúmnica del mundo que, desde la otra orilla, nunca ha dejado de existir. Esa "aventura sigilosa" de absoluta libertad y soledad, asumida por Lucía, es lo que ha cobrado finalmente forma y sustancia en su obra.

La noche en el espejo da cuenta entonces de esa exploración al otro lado de la realidad visible, la otra orilla del sueño, ese devenir oculto del ser como lenguaje y silencio, ese fluir de la conciencia que por momentos destella en estos poemas con una insólita fuerza y una evidente convicción personal:

Escribo para abrir un poco más la grieta
que traigo en mí desde el nacimiento.

Que pueda refugiarse en ella todo cuanto me llega de la noche,
el silencio, la palabra y sus pliegues,
ese fragmento exiguo que nos ofrece un instante
de absoluta comprensión.


(...)

Ser y no ser la palabra fisura, herida, abismo.
Ser y no ser lo que ellas contienen,
el temblor que las produjo,
su tenue sombra comprimida,
su relámpago sin desbordamiento de luz,
su sílaba, sin duda la verdadera, mucho antes
de ser pronunciada.

Escribo para sentir,
para sumergirme en el oro que resplandece
bajo una fina capa de hielo.

Tiembla mi mano al bordear el filo de su maravilla,
lo que resta de su noche sobre mí.

(Pág. 63)

Que una joven poeta haya decidido arriesgar sus pasos más allá de los terrenos habituales de la palabra entendida como referente explícito de la "realidad", no quiere decir, como suelen creer algunos, que se "oculta en el lenguaje", que "se encierra en sí misma" o incluso que "huye y da la espalda" al mundo y a las circuntancias personales de la existencia. Todo lo contrario; en Lucía Estrada se descubre precisamente lo que hay detrás de la máscara diurna de las cosas, la vida, el trasiego cotidiano. Aquello que aún permanece intacto y verdadero dentro de nosotros pese al miedo, al desgaste del tiempo y la desmemoria; el rostro de fuego del ángel que aún nos aguarda, indestructible y final:

Espero el momento de reunirme con mi sombra
que avanza del otro lado del muro.

Presintiendo su cercanía, todo lo que huyó de mí en las horas muertas,
se agolpa en mi corazón oscureciendo el paisaje.

Sin embargo, ¿qué sabe la luz del encuentro de unos ojos
con aquello que han buscado desde siempre?

¿Acaso no pertenece a la noche su pregunta por el ángel
que vuelve cada tiempo y nos restituye lo perdido?

(Pág. 95)

(Bruno Salomón)

***






















8 poemas

El aire se abrió lentamente con el sonido de las campanas,
y en los cuartos, cada cosa ocupó su lugar y su nombre.
Todo era posible bajo esa luz de invierno en la que
señalaste un jardín cerrado,
un estanque vacío esperando por mis ojos. Era preciso
mirarlo con atención antes de que se diluyera en la sombra.
Estábamos inmersos en el paisaje, y las voces del jardín
venían desde adentro,
y las formas encontraban entre sí su correspondencia.
Algo dijiste del vacío, y a lo lejos,
la fuente brilló en su penumbra.
Esto es lo que soñamos. Hundirnos en la transparencia
y en el movimiento de la luz. Ella recorre paciente
lo que para nosotros ha perdido su misterio. Aquí
están todas las cosas recién descubiertas,
y el mundo, cada vez más pleno de sí mismo,
cada vez más verdadero.
Puedo escuchar el rumor de las puertas que se abren
para conducirnos a otro silencio, y cómo cavamos en él
aunque las cuerdas de la voz se hayan debilitado.
El estanque se cubrirá de agua. Puedo presentirla.
Es oscura y asciende hasta tus ojos llenándote de extrañeza.
Pero delante de ti nada perderá su claridad.
Deja que tu corazón entable cercanía con la muerte,
que allí tambi{en encontrarás presencias luminosas.
Será entonces como si nunca
te hubieras apartado del camino: "El resistir lo es todo".

***

¿Quién me habla con las voces del viento?
¿Quién a través del polvo, bajo la herrumbre,
en la fría superficie de las cosas?

Todo cuanto he olvidado se resiste a la muerte
y abre con suavidad los pliegues del aire para rozarme
con sus dedos.

¿Qué silencio me rescata en esa orilla?
¿Qué pequeño aguijón me descubre lo invisible?

Secreto laberinto que despierta en la palma de la mano.

***

Ahora que tu cuerpo se dispone a cruzar la frontera
más solitaria, dime:
¿a qué grito, a qué palabra te aferras?
¿Qué silencio abres en la semilla que mañana
será tu sustento?

Las piedras que guardas en tu memoria
son las ruinas de un altar construido
para que alguien más ofreciera en él su corazón.
Pero ya nadie se detiene bajo los árboles
que se han despojado de su sombra.
Sin amor, el paisaje incierto de otras tierras
los arrebata definitivamente de nosotros.

Queda entonces el vacío donde resuenan mejor
nuestros pasos,
oscuro rumor que nos obliga a permanecer despiertos.

Quién vigila más allá de ti mismo el movimiento
de tu sangre?

Cada noche te prepara un abismo
en el que te dejas caer sin espanto
pues en ti llevas tu lámpara,
esa que también te ha descubierto la intemperie
y el esquivo secreto de su nombre.

Un canto de sirenas te guía en el blanco laberinto de la rosa.

¿En qué antiguo reino se apoya tu mirada?

***

Todas las voces están huérfanas de sí,
y en esa orfandad se asisten, se acompañan.

Ahí está el misterio. El que no podemos tocar,
para el que no existen las manos.
Las manos,
esa región desconocida que nos acerca y nos aleja al mismo tiempo.

Me pierdo en la penumbra de lo que quisiera gritar
y no puede.

El deseo nos rescata del abismo,
pero también se yergue lo que no admite consuelo.

Palabras como pájaros en la soledad del aire.

***

Nos han dejado verdaderamente solos en medio del agua,
de su noche grave y espesa.

No en la superficie,
no en el fondo,
entre los pliegues.

Y allí soñamos las formas,
peces que se devoran entre sí,
sustancias y sales y fuego
en su primera altura.

Pero hay un arriba y un abajo, decimos,
y somos parte del secreto.

Lo que nos mantiene es no saberlo con certeza,
intuir que somos las columnas y el corazón único
de ambos reinos.

***

Toco la densidad del aire,
barco de niebla en el que viaja mi deseo.

Cada noche,
la vieja canción perfora el oído
y un viento cálido lo envuelve.

Son mis palabras
las voces del marinero:
- ¡Anclad, romped la quilla del barco!
¡Esta es la noche que no pudimos
llevar sobre los hombros!

¡A lo profundo,
a lo profundo!
¡Nuestro viaje es vertical!

La verdadera lejanía
espera en el propio corazón.

***

Lejos, en su propio cuerpo,
anclado en el centro de una visión definitiva,
repasa con exactitud las palabras
que le obligaron a permanecer despierto
en medio de la noche.

¿Qué imagen puede cubrir el vacío de unas manos?

El aire que respira es la continuidad del vértigo.
Nadie lo espera en la otra orilla.
Sólo el tiempo le depara lo imposible.

El día crece y declina en la mirada
y en su lengua siente que todo fue dicho desde antes,
que no es necesario repetirlo.

***

La montaña se desprende del cielo,
su imagen del centro de la tierra.
La luz atrae una ola,
la ola revienta contra el mundo.

Del agua emergen ciudades.
Un barco muy antiguo sobre antiguas olas
va ganando altura, soportando los declives,
las fluctuaciones, los vientos,
el coletazo de la llama que se agita con furia
en el corazón del océano y lo alimenta.

Somos el golpe de un viejo dios marino,
el misterio de las aguas suspendido por un momento
bajo un círculo de sal.

Nada que haya sido dejará de existir.
Sólo esperamos que todo comience de nuevo.

***