sábado, 14 de marzo de 2015

Cinco minicuentos / Pedro Arturo Estrada



NADJA ATÓMICA

Homenaje a André Bretón

Cuarenta días de sombra después, Nadja sonríe desde el lecho. Revela el último secreto de su cuerpo largamente soñado, nunca como ahora tan pleno, tan inalcanzable sin embargo. Cada rincón de su carne desata en el aire una fiebre extraña, más allá de sí misma. Junto a sus pies desnudos,  el deseo comienza a erguirse. Asciende por sus muslos y estalla incontenible en sus pechos, desbordándola, incendiándolo todo alrededor, obligándola a huir desnuda hacia las calles sin detenerse. —Nadie osaría impedírselo y ya no hay tiempo, además—: El día se contrae, los relojes saltan. Ni el agua de las fuentes, ni la lluvia la apagan, y ella sigue corriendo entre follajes de gritos pelados, policías en desbandada, torres que se doblan, corazones de estaño que se deslíen. 

Pronto el fuego captura los cuatro flancos de la ciudad. Algunos alcanzan a huir como ratas azufradas por las alcantarillas… ¿Y los poetas? Los poetas se cortan la lengua.

(1982)


NEOSFERATUS
      
Pequeña fantasía nocturna

Abres los ojos y ya no puedes moverte: el claro de luna te envuelve como a una estatua griega, pero el camisón transparenta la forma viva, palpitante de tu cuerpo que me llama, que siempre me ha llamado y deseado en secreto. Miras fascinada a través de mí la noche de Londres, gélida y neblinosa. Sabes que desde el fondo de los siglos esperé por ti, y el momento ha llegado: Tomo posesión de tu mente, tomo posesión de tus ojos, tomo posesión de tu boca, tomo posesión de tus senos, tomo posesión de tu cuello y tu sangre que fluye lentamente entre mis labios cenicientos...

Hacia el amanecer te dejo, tendida como una rosa blanca sobre edredones negros. Y regreso a mis soledades de pequeño, rutinario oficinista diurno.

(2004)

 

LA CALLE
  
Cuando tomó por la vieja calle —a esa hora irregular—, rumbo a su casa, algo en su corazón más que en su mente le advirtió del peligro. Sin embargo, la costumbre, la inercia o esa extraña fascinación que experimentan los suicidas, le hizo avanzar casi tranquilo bajo la luz exigua de una lámpara, a través del silencio sólo disturbado por el eco de sus zapatos. Cuando se dio cuenta, notó entonces que aquel no era más su rumbo de siempre. Ahora, hipnotizado, caminaba descalzo — ya no había ningún eco —, sobre la superficie antigua y terrosa de su olvidada callejuela de infancia: alcanzó a advertir la vieja casa, la puerta abierta y de nuevo, como la primera vez,  el mismo, oscuro abandono.

(2004)  


MAR ADENTRO
  
Se los dije: tenían que cerrar bien las llaves de la cocina. Y no sólo por el desperdicio o la gota del insomnio. Vigilar los desagües, e incluso el nivel de los tanques, la silenciosa veta de agua que venía del subsuelo. Ahora es demasiado tarde para todos, y el viento arrecia sobre las cortinas de la sala llevándose la casa y con ella nuestras vidas mar adentro, mar adentro...

(2006)



SÓLO UN INSTANTE
      
Para Lucía      

Se quedó callado, inmóvil y casi feliz. Era, tal vez, ese momento único que debía aprovechar tras innumerables días y noches de tedio. Un instante de hermosa extrañeza en el que la vida parecía detenerse sin ruido, como un barco en la alta mar, bajo el cielo limpio y dichoso, completamente ajeno a la idea del viaje mismo, vale decir, al tiempo, a la noción de futuro y por tanto, de pasado. Quizá, entonces, era ésta la oportunidad que siempre deseó para mirar el otro lado, verse de verdad tal como era y comenzar de nuevo.

Cuando se dio cuenta, empero, llevaba ya veinte años muerto. 

 (2007)
                                                                                ***


(Tomados de su libro Des/historias, Cuadernos Negros Ediciones, 2012. Ilustraciones: Cuadros de Edward Hopper)                                                         

miércoles, 11 de febrero de 2015

Sylvia Plath, el arte de morir




Sylvia Plath es hija de la noche y hermana menor de la muerte: “Morir es un arte (…) Yo sé hacerlo excepcionalmente bien”. Su vida, estrechamente ligada al sentido de su obra, es un tránsito a través de la fiebre. Quiso asumir todos los rostros, los más bellos, pero también los más terribles; quiso ir hasta el fondo, respirar el aire denso de las preguntas que nadie nunca podrá responder. Sylvia era una mujer sola, una inmensa estación de lluvias.


Ella enmudece, hace agujeros en los muros para tener la alternativa de huir, pero no lo hace. Su mundo es un estanque inquieto en la parte más alejada del jardín. Desde el comienzo fue un deshacer de agujas, un no poder detenerse cuando estuvo próximo el  filo, y fue por la Poesía que asumió todos los riesgos, no quiso conformarse con ver, bajo el agua, el brillo hiriente de la orfandad, el desasosiego y la desolación.  ¿Quién viene? –Pregunta -  Nadie viene. Dibujar la piedra y tropezar a cada paso. Muchas cosas le fueron negadas, sin embargo, pudo comprender, con dolor, el sentido de lo que nunca estuvo pero trazó las líneas de su noche.


Ella muere en cada rincón del poema, que es su casa, y la de sus hijos, pero no renuncia al poder vivo de levantarse una vez más, pese al hielo de la dificultad. La Poesía es su fuerza.


Poemas como estallidos, como anuncios de una antigua tormenta de pájaros, poemas cuyas palabras fueron aprendidas en el punto más alto de la fiebre y escritas al fin con la furia de quien descubre los dédalos de la hipocresía reunidos en su contra “Ya no, ya no/ ya no me sirves, zapato negro/ en el cual he vivido como un pie/durante treinta años, pobre y blanca…”


Sylvia habla con el mismo impulso ciego de la locura, y muchas veces caemos en el pozo de un extravío, algo que no alcanzamos a reconocer pero que a la primera mención nos espanta. El miedo, la incertidumbre. Cábalas, números, figuras que señalan un camino, una mañana y esa “griega necesidad” de ser algo más que un dios, un dios imperfecto, un dios no como los anteriores ni como los venideros, sino un dios de sangre, un dios en cuyo abandono todo cabe.


En los últimos meses, ella escribía casi a diario su pregunta, su sentirse inquieta. El poema como un enunciado del dolor, y es por eso que a 52 años de su muerte, continúe teniendo vigencia, continúe hablando para nosotros “volver a hacer y rehacer a contra el flujo incesante; convertir el instante en algo permanente. Esa es la labor de toda mi vida…Creo que mi vida no se vivirá hasta que haya libros y cuentos que la devuelvan a la existencia perpetuamente en el tiempo.”


Sylvia, para quien la vida se resolvió de manera contradictoria en su escritura, quien para defenderse del hastío y el grave peso de la rutina cuidaba una colmena en el jardín de su casa, y para quien la muerte representaba mucho más que la muerte, ofrece a un dios secreto en la mañana del  11 de febrero de 1963, el ritual de decir la última palabra sin que nadie más que ella la escuche. Prepara el desayuno para sus hijos, también señalados por la sombra, y luego se inclina sobre sí, sobre lo que representaba no sólo como poeta sino también como mujer, tras abrir la perilla del gas. “Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí, / buscando en mi extensión lo que ella es en realidad”. Respirar, ese fue siempre su oficio, respirar hasta el fondo, hasta donde la vida y la palabra descienden y conmueven: “He terminado”.



Sylvia Plath



Todo lo ha devorado el invierno

y el jardín de rojos tulipanes en el que ocupé mis manos

ha iniciado su descenso definitivo.



La casa es un viejo sarcófago de vigilias

y pergaminos desechos.

En ella duermen las ruinas de mi corazón.



A través de la bruma

sólo puedo distinguir el rencoroso brillo

de las abejas.



No hay perfección.



Mi cuerpo es un camino cerrado, reflejo de una luz marchita.

Nunca se bastó a sí mismo. Nunca.


Detrás de los muros, por entre las grietas,

vuelve a mí el eco de la fiebre

palabras que revientan bajo la escarcha

como pequeños ríos de mercurio.



El invierno ha perdido mis pasos en la nieve.

Sangra en el aire

su condena.

***


(Del libro Las hijas del espino, 2006)

sábado, 24 de enero de 2015

De la luz, cuatro respuestas a Óscar González

                                                 La penitente Magdalena, Georges de la Tour, 1644



  ¿Qué es para usted la luz y cómo se realizó su relación inicial ante ella, en qué momento se dio ese hecho, qué carácter tuvo para usted y por qué?

La luz será siempre en mi vida una presencia inquietante. Ella permanece de pie frente a mí aunque sea noche cerrada. Es ella la que se desliza por los muros, por la superficie de las cosas hasta encontrarme. Nunca habla en voz alta por más que venga del sol. La verdadera luz entabla relación directa con nuestras visiones, con nuestra experiencia del mundo. La verdadera luz canta debajo de los párpados, es ella la que incita el deseo de fundar nuevas formas, nuevos colores, nuevas atmósferas. De la luz provienen mis preguntas. De ella vienen y hacia ella se dirigen. Esa luz discreta de la infancia, su manto envolvente y lleno de posibilidades, su manera de dibujar y desdibujar el mundo, nuestro mundo que es igual a decir nuestro secreto…Mi relación inicial con ella ocurre a todas horas, como con las palabras, como con mi necesidad de escribir…


¿Cómo y en qué forma se desarrolló, evolucionó o no interviniendo su ser y hacer estético, qué oquedades o fisuras o consistencias ha tenido o no y por qué?

La luz es inmutable y al mismo tiempo va desplegando su escala de asombros. En muchas ocasiones me llegan las atmósferas de tiempos pasados y de instantes que todavía no he vivido pero que por alguna razón están dentro de mí. Y esos instantes duran muy poco pero yo podría describir el color, el olor, la temperatura de ese recinto, de ese jardín, de esa conversación, de ese silencio… Es la luz y su poder de evocación la que abre nuevamente para nosotros esas horas, esos lugares, esos rostros que creíamos perdidos para siempre, o que nos acompañan pero que dejamos de ver o que vendrán , que están próximos y todavía no lo sabemos… 

¿Con la obra de qué  poeta, escritor, pintor, escultor, fotógrafo, etc, usted descubrió y se transmitió a sí misma de manera radical e incrementó o no su relación con el tema de la luz y por qué?


Fue en la infancia, como todo lo que tiene que ver con la luz. Una tarde, mi hermano puso frente a mis ojos la inquietante imagen de La penitente Magdalena de Georges de La Tour, un cuadro que ha tenido varias versiones pero en las que se reproduce siempre el claroscuro que quiero en mi poesía, las sombras, los centros de luz, el espejo que multiplica la llama, la figura silenciosa de la Magdalena, vuelto el rostro hacia la soledad de sí misma, como quien se pregunta… Por supuesto, en aquel entonces fue sólo una impresión que me venía en las noches de insomnio y fiebre, en los momentos del juego o de la ensoñación… No sabía de qué se trataba, no lo supe hasta cuando empecé a interesarme por el arte, por la literatura… Ahí comprendí que somos anteriores a nosotros mismos…



¿Desde dónde en usted considera que esa relación con la luz se mantiene y sostiene intacta o indeleble en usted y su ser y hacer estético o no y por qué?


Lo maravilloso de la memoria poética que tiene la luz, semejante a la fluidez del agua, es que te permite pasar de un estado del espíritu a otro manteniéndose siempre protegida de nuestros momentos llanos, sin gracia, es decir, a pesar de nosotros mismos. Es esa luz de la que no nos ocupamos pero que vive en nosotros y salta en nuestras palabras y en nuestros abismos, la que nos vincula con los rasgos originales de lo que realmente somos. 
                        
                    ***